En una mañana con una meteorología incierta, acudimos a la Serrería Belga para ver dos exposiciones.
La exposición "Menchu Gal. Imágenes de una vida’, está dedicada a esta artista pionera, que destacó por su fuerte personalidad artística.
Natural de Irún (1919-2008), es la primera mujer en recibir el Premio Nacional de Pintura en 1959. Siempre ávida de conocimiento, Menchu Gal se instala en París con solo 13 años para estudiar pintura.
Creó un universo pictórico propio que trascendió los convencionalismos de su época y que reflejó su espíritu inquieto y cosmopolita.
La muestra reúne una cuidada selección de medio centenar de obras que permite recorrer la evolución de su obra a través de paisajes, retratos, interiores y bodegones.
Sus pinturas, que destacan por su paleta cromática, su luminosidad y expresividad, son el reflejo de un carácter independiente forjado tanto por el contexto bélico como por los complicados avatares estéticos del siglo XX.
Aunque Menchu Gal estuvo en contacto con las vanguardias artísticas del siglo pasado, sus pinturas no se enmarcaron en ninguna corriente pictórica, adquiriendo un estilo único y libre que las hacen inconfundibles.
Sus bodegones están tan llenos de color como sus paisajes.
Sus retratos pueden recordar ciertas tendencias, aunque sin perder su toque personalísimo y original.
Las obras están acompañadas de audios de los propios autores
en los que desvelan las historias e intrahistorias que esconden sus trabajos.
Nuria Cuesta propone un paseo entre libros por la Cuesta de Moyano, mientras que el ilustrador Puño muestra toda la fastuosidad de los pavos reales en los jardines de Cecilio Rodríguez.
María Hesse retrata a María de Maeztu, impulsora de la Residencia de Señoritas, que dirigió hasta 1936.
El ilustrador Adolfo Serra no se olvida tampoco de los fantasmas de Madrid: la dama de La casa de las siete chimeneas, Raimunda, del Palacio de Linares, o el pequeño revoltoso que jugaba con los cables del edificio de Telefónica.
Poliño Trapalleiro, ilustrador y arquitecto, ha retratado a los madrileños pintando, entre todos, el cielo azul tan característico de la ciudad.
Rico vermut, para acompañar unos deliciosos torreznos y morcilla que nos sentaron de maravilla después del largo paseo y tantas cuestas.
De la comida en un restaurante de la Plaza del Ángel, de cuyo nombre no quiero acordarme, mejor olvidarnos y no hacer comentario.
El café muy bien y, como siempre, mientras lo tomábamos hicimos la tertulia, leímos los trabajos y se tomaron diversos acuerdos.


















































