HUMO
Tus manos
se alejan,
se pierden como
sombras de palomas
en las fachadas,
como el humo
que flota
en medio de la luz
y la perfecta
voz desgarrada,
en medio de mi
dolor
infinito y sin sentido.
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HUMO
Tus manos
se alejan,
se pierden como
sombras de palomas
en las fachadas,
como el humo
que flota
en medio de la luz
y la perfecta
voz desgarrada,
en medio de mi
dolor
infinito y sin sentido.
En una mañana con vocación primaveral nos citamos en Noviciado para visitar la exposición “Naturaleza de asfalto. Madrid hiperrealista.”
El Museo de Historia acoge hasta el 24 de mayo de 2026 una selección de pinturas del prestigioso pintor José Miguel Palacio.
José Miguel Palacio es un artista multidisciplinar, que trabaja pintura, grabado, fotografía y escultura.
Formado en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios
Artísticos de Zaragoza, comenzó su carrera en la figuración expresionista y a
finales del año 1979 entra en el surrealismo. Desde el año 2000, abandona el
surrealismo para centrarse en el hiperrealismo, técnica que domina con gran
precisión.
La exposición presenta una muestra de casi 70 lienzos del artista,
donde la ciudad de Madrid es el verdadero hilo conductor, concebida como un
gran escenario donde confluyen el paisaje urbano, la movilidad y el frenesí de
la vida cotidiana.
El pintor se afincó en Madrid desde joven
y no ha parado de plasmar en sus lienzos retazos de nuestra querida urbe. La
presencia de coches, trenes, motocicletas y autobuses, que dan gran dinamismo,
destacan sobre la quietud de los edificios que sirven de fondo. Una ciudad en
movimiento plasmada en instantes que son verdaderos bodegones de realidad.
Calles como Serrano, Gran Vía, Princesa o Goya, plazas como Callao, estaciones como Atocha o Chamartín, además de escenas en el Parque del Retiro, o un puesto del Mercado de Maravillas aparecen plasmadas.
Entre las piezas de la muestra destaca el políptico de Madrid al
cielo formado por 30 óleos que ilustran diferentes puntos de la capital desde
un ángulo que dirige la mirada hacia el cielo.
Finalizada la visita de pintura, bajamos para ver la maqueta de Madrid y los magníficos mapas que custodian en esta sección del museo.
Volvimos a subir para ver las fotografías basada en temas del agua en Madrid.
También nos gusta dar una vuelta por la tienda antes de despedirnos del Museo de Historia.
Así dimos por concluida la salida cultural correspondiente al mes de febrero.
LOS PROFESORES
Cuando estudiaba sentía un gran afecto por mis profesores. Me inspiraban tanta admiración y tanto respeto que me sentía en la obligación de defenderlos de la brutalidad de mis compañeros de clase.
Me sublevaba que torturaran inútilmente a los profesores. Aunque pusieran malas notas.
La malas notas no tienen ninguna importancia, ¿qué sentido tiene hacerles daño a esos seres débiles e indefensos?
Recuerdo a uno de mis compañeros, que se deslizaba con gran habilidad a espaldas de nuestro profesor de biología y, a través de su columna vertebral, le sacaba los nervios para luego repartirlos entre los alumnos.
Se podían fabricar bastantes objetos con sus nervios, por ejemplo instrumentos de
música. Cuanto más desgastados estaba el nervio, más delicado era el sonido.
Nuestro profesor de matemáticas era muy distinto al de biología. Sus nervios eran
absolutamente inservibles. En cambio tenía un cráneo totalmente calvo en el que se podían dibujar círculos perfectos con la ayuda de un compás. Yo anotaba cuidadosamente la circunferencia en mi cuaderno para extraer conclusiones más adelante.
Mis compañeros, groseros e ignorantes, no encontraban nada mejor que hacer que fijar disimuladamente mis círculos en sus tirachinas —fabricados con los nervios que menciono más arriba— cuando el profesor daba la espalda para dibujar el triángulo rectángulo del teorema de Pitágoras en la pizarra negra.
Ahora diré unas palabras sobre nuestro talentoso profesor de literatura. Seré breve
porque sé que los recuerdos escolares ajenos aburren a los que los escuchan.
Resulta que una vez el hombre me lanzó la tiza a la cabeza para sacarme de mi habitual sueño matutino.
Odio que me despierten así pero no me enfadé lo más mínimo porque mi amor por los profesores y por la tiza era muy profundo. En aquella época consumía gran cantidad de tiza a causa de mi falta de calcio. Me daba un poco de fiebre, pero nunca la aproveché para no ir al colegio ya que —no paro de repetirlo— amaba a los profesores especialmente al (muy talentoso) profesor de literatura.
Pero resulta que aquel infeliz me inspiró compasión cuando asesinó un poema en clase y, a las doce y media exactamente, en el parque de al lado de la escuela, con la ayuda de una cuerda para saltar que olvidaron allí unas chiquillas, puse fin a sus sufrimientos.
Me recompensaron con siete años de cárcel por aquel acto humanitario. Pero no tuve que arrepentirme nunca pues fueron muchas y muy variadas las enseñanzas que me brindaron aquellos siete años, y también porque sentía un gran afecto por los carceleros y una enorme admiración por el director de la prisión.
Pero ésa es otra historia.
Agota Kristof
ESPERA INÚTIL
Suspiró profundamente y recogió uno de los cubiertos de la mesa. Después de esperar durante una
hora tuvo que reconocer que hoy tampoco vendría su hijo a comer con él.
No se
acuerda de mí, se dijo, mientras se limpiaba las lágrimas de los ojos.
Los sollozos
se repetían todos los días, hasta que Malena, la mujer que le cuidaba, salía de
la cocina y se acercaba a él para consolarlo.
—¿Otra vez
llorando? Usted no ha tenido hijos, don José, se lo digo todos los días. Venga,
le voy a servir la comida, que yo tengo que marcharme ya.
© Carmen
Baranda
DELANTE Y DETRÁS
Hoy también se levanta con prisas. El espejo del baño le devuelve su imagen despeinada y ojerosa. Se acerca más, para observar detenidamente las arrugas del entrecejo. Y, entonces, se vuelve de golpe. Nada. En el reflejo, delante de ella, es decir, detrás de ella… ¡Qué lío! En el reflejo, digo, le había parecido que asomaba una bañera. En una esquina. Detrás de la columna. Pero ella no tiene bañera. Sólo una ducha pequeña. Se mueve a los lados del espejo, pero no ve nada anormal. Termina de arreglarse y se va.
Por la noche, cansada, se lava la cara con cuidado. Ahora ve claramente una toalla de color azul asomando detrás de la columna. Su toalla es blanca. Se vuelve. Blanco. Mira en la pulida superficie. Azul. Será un defecto del cristal. Se va a la cama con la sensación de que el baño del otro lado es más grande, más limpio y de un color más bonito que el suyo. Con bañera. Seguro que tiene hidromasaje. Y la espuma de baño no será de marca blanca. Y las toallas azules serán suaves y con olor a lavanda. ¡Qué envidia!
Hoy es sábado. Daniel vuelve sudoroso de su carrera matutina. Ella no está en casa. Al menos él no la ve. Le parece oír su voz a lo lejos. Canturreando. Entra en el cuarto de baño. Vacío. ¡Qué raro! En el espejo ve unas pompas de jabón que suben lentamente y chocan contra un techo alto y luminoso. Detrás del tabique le parece distinguir el borde de una bañera, y un pie que juega con la espuma. Se vuelve, y tropieza con el panorama consabido: La pared que esconde la ducha enana con las blancas toallas colgando ordenadas de su percha, y el bote de gel de Mercadona abierto en la repisa.
Pero, ¿dónde se habrá metido esta mujer?
Se ducha y vuelve a recorrer la casa. De pronto, la ve saliendo del cuarto de baño.
–¿Dónde estabas?
– Por ahí –contesta ella.
Y canta bajito mientras se acurruca en una toalla azul que huele a lavanda.
Concha Gallego
TEORIA DE LAS
CUERDAS
Vivo sentado en mi escritorio, frente a la
ventana. Las vistas no son lo que se dice un paisaje alpino: patio estrecho,
ladrillos sucios, persianas cerradas. Podría leer. Podría levantarme. Podría
dar un paseo. Pero nada es comparable a esta generosa mediocridad que contiene
el mundo entero.
Estos ladrillos míos son toda una universidad. Me
dan, por empezar, lecciones de estética. La estética comunica la observación
con la comprensión, el gusto individual con el sentido general. La estética
vendría a ser, entonces, lo contrario de la descripción. Cuando uno sólo tiene
un patio interior para llenarse los ojos, ese matiz se convierte en una
cuestión de supervivencia.
O lecciones de semiótica. Hablar con los vecinos
me dice menos de ellos que espiar su ropa tendida. He comprobado que las
palabras que cruzamos con el prójimo son fuente de malentendidos, más que de
conocimiento. En cambio su ropa es transparente (literalmente, en algunos
casos). No puede malinterpretarse. Como mucho, se desaprueba. Pero esa
desaprobación también es transparente: nos revela a nosotros.
Paso largos ratos contemplando las cuerdas.
Parecen partituras. O cuadernos a rayas. El autor es cualquiera. Gente anónima.
La casualidad. El viento.
Pienso por ejemplo en la vecina de abajo, a la
izquierda. Una señora de cierta edad, o edad incierta, que convive con un
hombre. Al principio imaginé que se trataba de un hijo corpulento, pero debe de
ser su esposo. Es difícil que hoy un joven se ponga esas camisetas interiores
blancas tan desprestigiadas en su generación, que no ha tenido ni un poquito de
neorrealismo con que mitificar al proletariado. Mi vecina ha dejado flotando
unas bombachas de proporciones bíblicas, y un sostén color carne que podría servir
perfectamente como un gorro de baño (dos, para ser preciso). He ahí el
misterio: su orondo marido usa breves slips elásticos. Algunos rojos, otros
negros. Dudo que una señora de tan recatado gusto aliente a su esposo, en
cambio, a arriesgar semejantes lencerías. A la inversa, parece improbable que
un caballero con tanto atrevimiento debajo de los pantalones no le haya
sugerido otros modelos a su cónyuge. Así que deduzco que, con esos slips, el
señor complace (si complacer fuera la palabra) a una mujer mucho más joven que
él. Su esposa, por supuesto, se encarga de lavarlos y colgarlos amorosamente.
Un par de pisos más arriba, al centro, hay otra
cuerda que pertenece a una estudiante de costumbres bohemias, si se me permite
la redundancia. Ella jamás se asoma a tender antes de las nueve o diez de la
noche, cuando el patio ya está en penumbra. Lo cual me impide apreciarla con la
nitidez con que observo sus prendas. Su repertorio incluye todo género de
camisetas cortas, minúsculos conjuntos, tangas de fantasía y algún que otro
liguero de estilo tradicional. Este último detalle me sugiere cierta afición a
la filmoteca universitaria. Imagino a mi estudiante como una de esas personas
osadas que, en el momento decisivo, son poseídas por el pudor, fruto quizá de
sombrías horas de catequesis. Una de esas bellezas que se sienten mejor
seduciendo que gozando. O no. Al contrario: ella podría ser uno de esos
prodigios naturales que, incluso en los momentos de mayor desenfreno, son
capaces de un gesto de elegancia. O no. En su justo medio: mi vecina pone
límites a su propio descaro, posee un punto de autocontrol que la hace
irresistible y a veces desesperante. Sobre todo para esa clase de hombres
(concretamente, todos) que se dejan llevar por el vestuario y, con ejemplar
simpleza, esperan encontrar a una mujer lasciva debajo de un vestido corto. Mi
vecina, en el fondo, es un espíritu frágil. No hay más que reparar en esos
calcetines de estampados infantiles con los que, me figuro, duerme cuando está
sola: patitos, conejitos, ardillas. Odia el paternalismo tanto como el frío en
los pies.
Un poco más abajo, tres ventanas a la derecha,
una madre corrige la suciedad de sus retoños. Algunos de ellos, los delatan sus
tallas, han dejado de ser niños. ¿Por qué los adolescentes se resisten a
encargarse de su ropa? ¿Qué clase de vergüenza los separa de sus propios
calzoncillos? El hijo mayor de mi vecina mancha una considerable cantidad
semanal. ¿Dejará también copiosos rastros informáticos, esconderá revistas en
lugares previsibles, se encerrará en el baño durante horas? ¿Sabrá que su madre
lee sus calzoncillos? Qué derroche de energías. Lo mismo podría decirse del
vecino de uno de los terceros, que se toma la molestia de alinear sus prendas
por tamaños, tipos y colores. Jamás una camisa junto a una toalla de mano. Vive
solo. No me extraña. ¿Cómo dormir con alguien incapaz de confiar en la
hospitalidad del azar? Mi vecino maniático es, en definitiva, un maestro del
disimulo.
Con el paso de los años frente a la ventana, he
aprendido que no conviene abusar de los cambios en la observación. Se averigua
más concentrando la mirada en un punto que trasladándola de un lado a otro. Esa
sería la lección de síntesis. Con tres cuerdas o cuatro, se debería disponer de
material suficiente para una novela de misterio.
Hace buen día, hoy. El sol inunda el patio. Las
cuerdas de mis vecinos lucen alborotadas, llenas de planes. Es demasiada ropa
para desnudar sus vidas.
Mis cuerdas no se ven.
Andrés Neuman
EL
CONDUCTOR