CREPÚSCULOS
Atardecía. Siempre me había gustado
contemplar desde la ventana los últimos rayos del sol mientras se iba
escondiendo en la raya del horizonte.
Recuerdo que ya de niña me encantaba admirar la luz
difuminándose poco a poco hasta que se
hacía de noche. Acostumbraba a hacerlo desde el dormitorio de la abuela.
-Niña, cierra la ventana que ya está refrescando y no
quiero constiparme.
-Abuela, si sólo falta un ratito para que se ponga el sol
¡No entiendo cómo no te gusta!
-A mi edad lo único que me gusta es la horchata en verano y
el chocolate con churros en invierno ¡Cierra ya la maldita ventana o se lo diré
a tu madre!
Y así un día y otro y otro hasta los trescientos sesenta y
cinco del año.
Recuerdo que una tarde de primavera, cuando los días
empiezan a ser un poco más largos y estando en la contemplación de mi
crepúsculo, comenzó la abuela con su cantinela:
-Niña, cierra que tengo frío.
-Abuela eres muy pesada y mentirosa porque no hace nada de
frío.
-Tú porque tienes la sangre caliente, pero la mía está
helada como la de los reptiles, y necesita el sol para ponerse en movimiento
¡Cierra de una puñetera vez!
-Pues ven a cerrarla tú porque lo que es yo, no lo voy a
hacer.
La abuela que se acerca a la ventana, que se inclina para
cerrar los postigos, yo que la empujo un poquito… El caso es que la abuela
apareció en el patio, espachurrada con su camisón de seda primoroso hecho una
pena.
Mamá que oye el ruido y que desde la cocina grita:
-¿Qué ha pasado?
Y yo que la contesto:
-Nada, que la abuela ha querido practicar el vuelo sin
motor y te ha tronchado las azaleas tan lindas que tenías plantadas debajo de
la ventana.
Mientras tanto, en el patio se escuchaba la canción de
Domenico Modugno, favorita de la abuela:
“Volare, oh,oh,oh
Cantare ………..”
Carmen Arranz
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