PASEN Y LEAN...

El día seis del pasado mes de enero se publicó en La Vanguardía un artículo de Ima Sanchís, sobre Ana Cristina Herrero, editora y narradora de cuentos. Hemos querido rescatarlo y reproducirlo en nuestro blog  para que todos vosotros podais leerlo, dado que consideramos la entrevista a esta escritora muy interesante y estamos seguros de que os gustará conocer su historia, que resulta  aleccionadora.
Esperamos que sabréis disculpar la deficiencia del formato, y que pese a ello podréis disfrutar de su lectura.


                                                                                                                   

CON NOMBRE PROPIO


EL SOCORRISTA
de Olga Carniado


      Se estrelló contra el agua sin estrépito. Como si el salto fallido hubiera enmudecido no sólo a la gente que miraba sofocando el grito con sus manos, sino al propio aire. Su cuerpo flotaba, desvanecido, como un madero en un remanso tranquilo. El maquillaje, tan pulcramente aplicado por su entrenadora, no había perdido su color. Violetas, fucsias, verdes. Igual que el apretado bañador que marcaba sus formas aniñadas, su espalda rotunda. Alguien reaccionó al fin. Un anciano se despojó de su camisa, cual vigilante de la playa y se lanzó contra el azul. Esta vez, el sonido del agua rota estalló en todos los oídos. Se había lanzado demasiado lejos. Empezó a bracear sin conseguir recortar ni un milímetro, los brazos fuertes de arar el campo eran ahora palas inútiles contra ese líquido que se colaba entre sus dedos. Todo el mundo miraba, atónito. Una figura infantil, quieta. Una mancha ajada, rodeada de remolinos. Empezó a boquear. Él, que había ganado batallas a los mares más indómitos, a los ríos más bravos, estaba ahora atrapado en una cristalina piscina nacional. Cabeceó, rugió y de pronto, la tranquilidad se apoderó de la escena y el grito llegó a los oídos desmayados: “Me ahogo”.



      La niña despertó como de un sueño.   Tenía los ojos surcados de lágrimas y miró alrededor implorando perdón. La decepción se había apoderado de su pecho. Habían sido años de ensayos, de noches en vela, de golpes y morados, de rutina obligatoria. Y ahora, cuando estaban allí todos esos jueces, su madre, su abuela, Miguel con su sonrisa confiada,… todos, unas gotas inoportunas le habían hecho resbalar. Vió el trampolín mientras caía, luego dejó que el negro la inundara, eso mejor que la vergüenza. Pero… ¿qué la había hecho volver? Las ondas del agua captaron su atención. Y entonces lo oyó, otra vez… “Me ahogo”. En dos brazadas rompió la distancia que les separaba. Logró, tirando con todas sus fuerzas, hacer emerger la cabeza, el cuello. El anciano le guiñó un ojo. No había tragado agua. No necesitó su mano joven para terminar de salir del agua, sus rodillas se estiraron y su cuerpo emergió hasta la cintura. La niña notó el frío de los baldosines en sus pies, estaban en la zona que no cubría ¿Qué había pasado?



      El   anciano la abrazó y le susurró al oído: “El movimiento de tu pecho te delató. Respirabas más fuerte. Por la vergüenza. Ahora has sacado del agua a un anciano, eres una heroína. No lo olvides”. Y con la sonrisa más pícara del mundo metió su cabeza en el agua y echándola hacia atrás, colocó sus escasos cabellos.

CASTILLA, DESALMADA.



Porque Miguel Delibes, indudablemente, encarnaba el alma de Castilla, sustentada en una postura ética que se concreta, en la práctica, en un humanismo ligado a las virtudes de la tierra.

Merced a su estilo, personalísimo, consolidado en “El camino” (1950), Delibes ha llegado a ser un magnífico forjador de personajes ligados a la España rural o urbana, y redentor del habla de las gentes de Castilla en la segunda mitad del siglo XX, así como del lenguaje rural y de la jerga popular. Su obra invita al lector a profundizar en las particularidades de la llanura y de la sierra, en las formas perfectas de la Naturaleza, las manidas realidades y el sueño deslumbrante de su Castilla, eterna, curtida y hospitalaria.

Así era él curtido y acogedor y será eterno, no solo en su tierra, también universalmente.

Miguel Delibes se ha ido, pero por siempre nos quedará la palabra escrita de un hombre bueno.

"PASEN Y LEAN"

Con motivo del Día Internacional de la mujer, 8 de marzo, y aunque ya ha pasado, consideramos interesante colgar este escrito rescatado de un email.





Elogio a la mujer brava Por Héctor Abad*



A los hombres machistas, que somos como el 96 por ciento de la población masculina, nos molestan las mujeres de carácter áspero, duro, decidido. Tenemos palabras denigrantes para designarlas: arpías, brujas, viejas, traumadas, solteronas, amargadas, marimachas, etc. En realidad, les tenemos miedo y no vemos la hora de hacerles pagar muy caro su desafío al poder masculino que hasta hace poco habíamos detentado sin cuestionamientos. A esos machistas incorregibles que somos, machistas ancestrales por cultura y por herencia, nos molestan instintivamente esas fieras que en vez de someterse a nuestra voluntad, atacan y se defienden.



La hembra con la que soñamos, un sueño moldeado por siglos de prepotencia y por genes de bestias (todavía infrahumanos), consiste en una pareja joven y mansa, dulce y sumisa, siempre con una sonrisa de condescendencia en la boca. Una mujer bonita que no discuta, que sea simpática y diga frases amables, que jamás reclame, que abra la boca solamente para ser correcta, elogiar nuestros actos y celebrarnos bobadas. Que use las manos para la caricia, para tener la casa impecable, hacer buenos platos, servir bien los tragos y acomodar las flores en floreros. Este ideal, que las revistas de moda nos confirman, puede identificarse con una especie de modelito de las que salen por televisión, al final de los noticieros, siempre a un milímetro de quedar en bola, con curvas increíbles (te mandan besos y abrazos, aunque no te conozcan), siempre a tu entera disposición, en apariencia como si nos dijeran “no más usted me avisa y yo le abro las piernas”, siempre como dispuestas a un vertiginoso desahogo de líquidos seminales, entre gritos ridículos del hombre (no de ellas, que requieren más tiempo y se quedan a medias).



A los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres, las mujeres de verdad, las que no se someten y protestan y por eso seguimos soñando, más bien, con jovencitas perfectas que lo den fácil y no pongan problema. Porque estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan, contradicen, hablan y sólo se desnudan si les da la gana. Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas plantadas, o tiradas, o arrinconadas, en silencio y de ser posible en roles subordinados y en puestos subalternos. Las mujeres nuevas estudian más, saben más, tienen más disciplina, más iniciativa y quizá por eso mismo les queda más difícil conseguir pareja, pues todos los machistas les tememos.



Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Ni siquiera tenemos que mantenerlas, pues ellas no lo permitirían porque saben que ese fue siempre el origen de nuestro dominio. Ellas ya no se dejan mantener, que es otra manera de comprarlas, porque saben que ahí -y en la fuerza bruta- ha radicado el poder de nosotros los machos durante milenios. Si las llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten las ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la vanidad a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable, porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es mandado. Como trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se declaran hartas por la noche y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de cocinar. Al principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y abnegadas como nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque son menos santas (las santas santifican) y tienen todo el derecho de no serlo.



Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras (mirémonos el pecho también nosotros y los pies, las mejillas, los poquísimos pelos), las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir y para amar y si alguna vez en la vida se necesita un consejo sensato (se necesita siempre, a diario), o una estrategia útil en el trabajo, o una maniobra acertada para ser más felices, ellas te lo darán, no las peladitas de piel y tetas perfectas, aunque estas sean la delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué hacer con todo eso.



Los varones machistas, somos animalitos todavía y es inútil pedir que dejemos de mirar a las muchachitas perfectas. Los ojos se nos van tras ellas, tras las curvas, porque llevamos por dentro un programa tozudo que hacia allá nos impulsa, como autómatas. Pero si logramos usar también esa herencia reciente, el córtex cerebral, si somos más sensatos y racionales, si nos volvemos más humanos y menos primitivos, nos daremos cuenta de que esas mujeres nuevas, esas mujeres bravas que exigen, trabajan, producen, joden y protestan, son las más desafiantes y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las únicas con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está basada en algo más que en abracitos y besos, o en coitos precipitados seguidos de tristeza. Esas mujeres nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que vale la pena, sed de vida larga y de conocimiento.



Vamos hombres, por esas mujeres bravas!!!!!!!!!!




*Héctor Abad nació en Colombia, en 1958, y se recibió en Literatura moderna en Italia.

"PASEN Y LEAN"

SEGUNDA PARTE DEL CUENTO COMÚN DE LOS TAF, CUYA PRIMERA ENTREGA FUE PUBLICADA EL PASADO 06/02/2010



OSCURO RETRATO DE FAMILIA

II



Después de todo papá no se ha portado tan mal -pensó- y sentada en el borde de la cama imaginó qué podía hacer con el trabajo ¿llamaría para renunciar? ¿Se tomaría una pausa hasta arreglar todo? Estaba confusa; mejor esperar; sencillamente les diría que su madre estaba enferma, le debían vacaciones.



No sabía cuanto tiempo le demoraría llegar hasta Winterthur para coger el dinero de la cuenta; por avión viajaría hasta Zürich y desde allí alquilar un coche, pero también podía salir de Madrid en tren, llegar a Francia y luego hacer conexión a Suiza. Sí, tomaría el tren y eso le daría tiempo para aclarar ideas.



No quería excluir a su madre del regalo pero sentía que era mejor callar, prefería arreglar las cosas y luego hablarle.



Si realmente la cuenta tenía más de seis ceros podría dejar de trabajar, comprar una casa, ayudar a los amigos, hacer algún viaje… no quería olvidar a nadie. Todo esto pensaba mientras miraba por la ventanilla del tren; realmente el paisaje era igual que las fotos del calendario de la cocina: montañas imponentes, pequeñas casas de madera aquí y allá, algunas vacas pastando en las laderas y árboles que se dirían colocados. Un mozo atravesó el compartimiento ofreciendo bebidas calientes y bollería; pidió un chocolate, se quemó y, levantándose, buscó en la bolsa de viaje una pastilla de perborato para calmar la quemazón. Cuando volvió a sentarse descubrió que en el asiento contiguo a la puerta estaba Jorge.


-Vaya, -pensó- qué casualidad. El destino que tanto nos ha ignorado, ahora parece ponernos en paralelo…


-Más que en paralelo – se adelantó Jorge – yo diría que de forma oblicua.


-¿Oblicua? Perdona, no entiendo…


-Bien. Qué más da. Al menos en este momento marchamos en la misma dirección. Basta. Voy a París. He de resolver unos asuntos.


-Yo, no. He de cambiar de dirección dentro de...


Ambos jóvenes continuaron aquella conversación, que de seguir en aquel tono, acabaría en monosílabos porque, si bien las circunstancias les juntaban, la realidad vendría acompañada de sorpresas que habrían de resolver de forma satisfactoria, dado que el destino actuaría de manera negativa y perpendicular a sus deseos más inmediatos. Ella, Patricia Magallanes, en nada hacía honor al apellido aventurero que ostentaba. Siempre había sido pacata, amoldada a un vivir rutinario, sin sobresaltos, algo muelle en ese dejarse llevar por la inmediatez y su espíritu evasivo entre la marabunta de las grandes superficies comerciales, aunque todavía no le habían asaltado sentimientos cleptómanos. Así es que, como si su vida fuera sobre ruedas, tal suele decirse, cumpliría el objetivo al que había sido abocada por el mensaje de la nota encontrada en el doble fondo del retrato de un señor, su padre -a cuyo sepelio había asistido- pero que ella desconocía totalmente.



Las señas estaban claras, y si nada se interponía, todo saldría a pedir de boca. Para ello, y por si acaso, había invocado a sus seis espíritus benefactores simbolizados por las efigies de los tres búhos minervinos, emblemas contrapuestos de la sabiduría: ver, oír y callar, para que encauzaran sus decisiones. No había adquirido este hábito por gazmoñería fetichista o supersticiosa, sino por ese afán previsor del alma femenina en estado puro. No era, tampoco, cuestión de volver a enredarse en el cuento de la lechera que ya se había planteado en otra ocasión. El futuro se pintaba feliz, mas, al despertar de una cabezadita, advirtió que en el lugar antes ocupado por Jorge, ahora se hallaba un señor de apariencia grave y bonachona con aspecto de un Hércules Poirot cualquiera.


-¿Señorita Magallanes?- inquirió con una entreabierta sonrisa.


Asombrada, Patricia, contestó afirmativamente con una interrogación en los ojos.


-Soy Juan Sebastián de la Morena. El señor don Jorge Ruiz de Palomo Santaélices me ha encargado que me ocupe de usted.


-¿Por qué?


-Para acompañarla a Zurich, mientras él soluciona unos problemas en París.


-Y… ¿a qué se debe tanta amabilidad?

-Si no estoy errado, ustedes son legalmente hermanastros ¿verdad?

-Sí, claro, dentro de lo poco que sé.

-Pues bien, señorita, tengo el deber de ayudarla en todo lo concerniente a sus tramites, tanto en el banco como en las respectivas cuestiones legales del capital que usted retiraría. Espero que lleve consigo la numeración y el código, junto a la contraseña.

-Por supuesto, pero yo no pienso entregársela a usted.
-¡Válgame Dios, ni yo se lo pido! Soy sólo su asesor legal y el de su hermanastro.

Patricia trató de comprender el porqué del interés de Jorge por ella. Pero la cordialidad del hombre le tranquilizó y con una charla informal y amena pasó el tiempo y eliminó las dudas.

Al llegar a la estación, otra sorpresa: Jorge los estaba esperando. Después de un breve saludo tomaron un taxi y se dirigieron a la sede bancaria.



Jorge y Patricia entraron juntos y comprobaron que los códigos coincidían, por lo que las dos llaves que habían recibido de su padre pertenecían a una misma caja. La sorpresa la incertidumbre y la expectativa se sumaron a la curiosidad por tanta coincidencia.

Visiblemente nerviosos, se prestaron a abrir la caja de seguridad. En el interior encontraron varios sobres. Cada uno con un dígito como si pidieran ser abiertos en orden aritmético. Jorge comenzó con el número uno: su interior estaba dirigido a él y explicaba lo mucho que le quiso y que procuró ser un buen padre. Terminaba pidiendo disculpas si no lo había logrado.



El número dos era para Patricia y allí le contaba lo triste que siempre estuvo por no decirle cuánto la quería y lo mucho que había deseado tener una hija. Y también se disculpaba por no haber sabido expresar todo su amor para con ella.



El tercer sobre explicaba y enumeraba las distintas cuentas bancarias que poseía, y que ellos serían los herederos.



El número cuarto contenía otro sobre que estaba dirigido a la madre de Patricia, por lo que no lo abrieron.



El quinto tenía un enunciado “Para que lo leáis los dos juntos, mis hijos, Jorge y Patricia” Y lo leyeron:



Queridos hijos, hay algo que debéis saber. Querido Jorge, me casé enamorado de tu madre, pensando en formar una familia con hijos, nietos y todo lo que un hombre desea para preservar la especie. Disculpad que sea tan duro pero, con mi enfermedad y sin muchas esperanzas, no tengo tiempo para formalismos. La desgracia es que tu madre, Jorge, siempre fue estéril. Pero con inmensa alegría conseguimos adoptarte y, agradeciendo a Dios todos los días, pudimos educarte y verte crecer como el hombre de bien que eres ahora. Tu madre sólo tuvo ojos para ti, querido Jorge, y yo tuve ojos sólo para María, que con su amor me hizo el regalo más maravilloso: darme una hija. No podía darle ese disgusto a tu madre, Jorge, con lo que ella te cuidaba y quería. ¡Eras su hijo! Adoptivo, pero su hijo. Espero que comprendáis mi situación. Y cómo mi corazón está volcado en vosotros dos. Toda mi fortuna será para ambos a partes iguales, porqué los dos sois mis hijos.

Os abrazo con toda la fuerza de mi amor. Vuestro padre....



Jorge y Patricia, mudos, se miraron consternados. Segundos después se encontraron fundidos en un apasionado beso que duró varios minutos. Mientras, don Juan, miraba asombrado desde el despacho cercano.



FIN