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CUADERNO LITERARIO Nº 14. "PERIQUITXU TXITULARI"





 “PERIQUITXU TXISTULARI”

Periquito dio un sonoro golpe en la mesa, tiró el vaso de agua al suelo, que
quedó hecho añicos, y exclamó como una fiera: ¡Ya estoy harto!. Los papás
 no dieron crédito a sus oídos. Hasta ahora, siempre había sido un niño
 educado ­ se podría decir que un tanto demasiado-, callado y obediente. Pero
a Periquitxu nunca le había atraído el txistu. Hubiera preferido estudiar
 piano, su instrumento ideal aunque en la pequeña ciudad donde vivía, ningún
 profesor de música lo enseñaba y el más recomendado, un nacionalista vasco
de pro ­y por el que, finalmente, se dejaron convencer sus padres- le metió
la idea de que ése era el instrumento típico vasco y que tenía que hacer
 honor a su "raza".
 De modo que Periquitxu Etxaniz había comenzado a hacer sonar los primeros
acordes a la temprana edad de seis años. Tres veces por semana, acudía
 puntual a sus clases de Solfeo, seguidas de las del instrumento.
 El profesor no sólo era un nacionalista rancio. También alardeaba de tirano
 y cuando sus pequeños alumnos no iban con la lección aprendida, les ponía de
 rodillas contra la pared y les mantenía así durante toda la clase, cantando
 el "Eusko Gudari" (Guerrilleros vascos), el himno a los caídos por la
 patria, en la "guerra" contra el Estado invasor, España.
 Periquitxu no tuvo que pasar por ese martirio nunca porque tenía madera de
 músico y siempre iba con la lección aprendida pero se solidarizaba con sus
 compañeros castigados y, una vez terminada la clase, los castigados y él
 salían corriendo hacia la calle e inundaban las persianas del profesor de
 piedras de gravilla como represalia.
 Los progresos txistularis del niño Etxaniz iban viento en popa. Ya hacía un
 año que había comenzado las clases y había sido propuesto para tocar en un
 concierto municipal junto a un grupo de alumnos de otras escuelas de su
 mismo nivel. A Periquitxu esa idea no le gustaba en absoluto porque seguía
 convencido de que el piano era su instrumento. No obstante, se dio cuenta de
 que, a través del instrumento, podía ser conocido en el pueblo y, como tenía
 un cierto afán de protagonismo ­quizás, el hecho de ser hijo único le
 alimentaba dicha característica de su personalidad- , sacó provecho de la
 situación. De modo que, cada cierto tiempo, participaba en conciertos de ese
 tipo y, poco a poco, a medida que pasaron los años, fue mejorando su técnica
 y sentido musicales y llegó un momento en toda la comarca se le reconocía su
 arte.
 Cumplidos los doce años, Periquitxu ya era un txistulari reconocido a nivel
 nacional. Pero su grupo sólo tocaba piezas vascas y a él le hubiera
 apetecido ampliar el espectros. De modo que el ya no tan niño acabó un poco
 harto del repertorio nacionalista de la orquesta, a pesar de que ya había
 comenzado a ganar un dinero por esos conciertos, que religiosamente
 administraba su madre para su propio beneficio: comprarse impulsivamente
 vestidos y zapatos nuevos, sin que su primogénito ni su marido se dieran
 cuenta de ello.
 Pero como bien dice el refrán,  "Se pilla antes a un mentiroso que a un
cojo" y la madre fue cogida "in fraganti" un buen día en que Periquito
 volvía de su clase de música con la cara amoratada y llorando más de orgullo
 que de dolor porque el profesor le había visto tirar piedras a su persiana.
 La madre había entrado en su habitación y con un martillo, estaba rompiendo
 la hucha del jovencito. Este, al verla, se quedó paralizado, se dio media
 vuelta, y salió para no volver en tres días.
Los padres estuvieron a punto de acabar locos, llamaron inmediatamente a la
 Ertzaintza pero no dieron con él. Periquitxu apareció el tercer día por la
 noche, cuando los padres yacían en el lecho conyugal desconsolados.
  -¡No vuelvas a robar el dinero fruto de mi trabajo, mamá!
 Periquito la habló como un hombre hecho y derecho y la madre asintió con la
 cabeza, sollozó y le dio un abrazo reconciliador, que el niño, con gran
 prepotencia, rechazó en un desaire.
 Todo esto hizo que el chico comenzara a odiar a su txistu más que a nada en
 el mundo. De modo que Etxaniz se enroló en una locura concertística.
 Estudiaba las partituras hasta altas horas de la madrugada. Fingía estar
 instrumento. Se presentaba a todas y cada una de las pruebas de las mejores
 bandas juveniles y participaba en todos los conciertos de la suya propia.
 Cuando le planteó a su madre vender el txistu y que le comprara un piano en
 serio, ésta dio un alarido y se lo negó en rotundo.
  - De acuerdo. Seré el peor acordeonista del mundo. ¡Tú lo has querido!-
 Amenazó él
 La miró indirectamente y dicho y hecho. Comenzó a tocar todo lo
 desafinadamente que pudo, destrozó su banda musical, fue abucheado y silbado
 en los conciertos de solista. Nadie entendió lo que le había pasado pero él
 se reía en su interior y tensaba la cuerda hasta ver cuánto podía aguantar
 su madre esta tesitura.
 - ¡Harto, harto y harto! No quiero seguir más tiempo en esta situación,
 mamá. Quiero un piano.
 Periquitxu rompió a llorar, apartó la comida de la mesa y su madre se dio
 cuenta de que la cuerda se había tensado demasiado.
  -¡De acuerdo, te compraremos un piano!
 -¡Te quiero, mamá!
Periquitxu dejó caer de golpe la txapela y dio un fuerte beso a su madre, no
 sin antes, haberla lanzado una mirada desconfiada.
 A la semana siguiente, el chico había dejado sus clases con el ya envejecido
 y debilitado profesor nacionalista, contra el que ya ni siquiera le apetecía
 rebelarse tirando piedras contra sus ventanas.
 Volvió a casa, abrió la puerta y llamó a su madre. Nadie contestó pero la
 encontró en el cuarto marital con diez bolsas de ropa y zapatos nuevos de
 grandes marcas, encima de su hucha, una vez más, rota.
 - ¡Has caído de nuevo, mamá! Me has vuelto a robar. Has tirado mi futuro por
 la borda, definitivamente. Nunca podré ser lo que siempre quise
El joven de trece años recién cumplidos gimió amargamente. La madre le miró
con resignación y mirada bovina, se encogió de hombros y mostró a Periquito  Etxaniz un traje de Dolce Gabanna y otro de Dior de la última colección.
Con gran tesón de hombre maduro, Periquitxu convenció a su madre de que la
 mejor forma de dejar su adicción era apuntarse a clases de piano, como él.
 Así, irían juntos y ella no tendría tiempo para perder mirando tiendas
 El día que entraron madre e hijo en el conservatorio para su primera clase
 de piano, en primera fila, estaba sentado el profesor rancio nacionalista.
Periquitxu le miró y le hizo un guiño.


FIN