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CON NOMBRE PROPIO


ENSOÑACIONES DE BLANCO SOBRE NEGRO
Ino Romero - Mayo 2010


Aquel fin de semana podría estar cerca de ella, pero no era rodeada de gente como yo ansiaba verla.

Su marido nos había invitado pasar un par de días en su casa de la sierra y cuando ella salga al porche a recibirnos mi pulso se bloqueará primero para adquirir un ritmo trepidante que yo combatiré apretando mi puño cerrado hasta clavarme las uñas y buscaré refugio en la curva de su cuello para no delatarme si me asomo directamente a sus ojos o a su boca.

─ Creo que se me avecina una cefalea─, mentí a mi mujer, ─será mejor que nos quedemos en Madrid.

─ ¡No podemos hacerlo ahora, en el último momento! Los Torremocha están en camino para recogernos; ellos no conocen la urbanización y se perderán.

─ Pues que aprendan, todos hemos ido una primera vez.

─ Me tienes cansada con tus dolores de cabeza cuando no te agrada el sitio donde vamos y no estoy dispuesta a tus caprichos, de modo que te tomas un analgésico y ya se te pasará.

Mi mujer tenía razón; yo me refugiaba en mis dolores cuando no me apetecía algún plan, pero esta vez se equivocaba porque me moría por ver a Sandra y estar a solas con ella. Eso precisaba un plan.

Al bajarnos del coche con los Torremocha el roce de su piel en el beso de bienvenida hizo que mi sangre fluyera vertiginosa hasta las proximidades de mi vientre y allí se instaló impaciente. No pude rechazar a su marido cuando me estrujó con los mismos brazos que la abrazaban a ella y su contacto me hizo entrar en cierta laxitud emocional.

─ El pobre Andoni viene con uno de sus clásicos dolores de cabeza y he tenido que convencerle de que aquí, sin ruidos, estaría mejor que en casa.

─ Has hecho muy bien─, afirmó Sandra mirándome con afecto maternal, ─aquí le vamos a curar, ¿quieres ver qué tengo en mi botiquín por si te puede ir bien?

El contraste de sus brazos morenos con aquel vestido blanco ajustado originó un nuevo cataclismo sanguíneo y sólo pude mover la cabeza como el memo que soy, para rechazar cualquier medicamento que no fuera el soñado fluido acariciador de un beso suyo.

Su marido había organizado una comida con nosotros y otras tres parejas en un restaurante de moda a unos kilómetros de distancia y me fue sencillo quedarme solo:

─ A mí me dejáis en cualquier sitio, a oscuras, y en una o dos horas me encuentro mejor y me tomo el postre con vosotros y hasta una copa, iros tranquilos.

Se marcharon felices de haber dejado atrás a un pelma con dolor de cabeza y yo subí la escalera guiado por su perfume que me llevó directamente hasta su dormitorio.

Ella estaba presente en cada detalle del cuarto. Reconocí el libro que un día le recomendé sobre la mesilla, con muy pocas hojas por leer. Me observé como un intruso ante el espejo donde Sandra se vería desnuda cada mañana para admirar su pecho casi adolescente y sus caderas firmes. Bajo la almohada encontré su camisón de seda que escondía la sutil mezcla del olor de su carne y su perfume. Hubiera sido feliz robando aquella prenda pero, además de un memo, yo era un cobarde.

Abrí la puerta corrediza del armario y pasé las yemas de mis dedos por sus vestidos deteniéndome entre los pliegues hasta rozar sus pechos y acariciar su vientre todavía tibio.

Fue entonces cuando decidí desnudarme con ella y tomé de un cajón unas medias negras, unas braguitas caladas y un sujetador mínimo.

El vestido negro que escogí era muy escotado y lo llevé abrazado hasta la entrada del dormitorio donde fui abriendo la cremallera despacio, diente a diente, mientras besaba su cuello y susurraba palabras dulces en su nuca. Dejé que resbalara hasta el suelo e hice que sus pechos volaran libres del sujetador. A los pies de la cama comencé a desnudarme yo también.

El sonido sordo de otra cremallera me hizo volverme asustado para verla, desnuda, venir a mi encuentro tras abandonar su vestido blanco en el suelo.



CON NOMBRE PROPIO

REPROCHES

Ino Romero – Feb 2010

     Carlos abrió el paraguas al salir a la calle y se enfrentó a un cielo plomizo que cerraba el paso a cualquier atisbo de luz solar; marco singular para una mañana gris como el pavimento resbaladizo, mezcla de lluvia y suciedad.

     Marta había lanzado su propuesta, como una granada de mano sin anilla, en medio de la habitación, y él la rechazó de plano sin considerar lo importante que era para ella. Más tarde se sintió responsable del intercambio de reproches que se habían cruzado, cada vez más afilados y dolorosos, que flotaron ingrávidos e invisibles entre las cuatro paredes de la habitación.

     Carlos cedió el paso en la estrecha acera a una anciana de andar renqueante y pensó en la inutilidad de tanto correr para, al final, quedar varados como una barca con vía de agua. También reflexionó sobre el daño que nos hacemos a veces por hablar irreflexivamente, él acababa de hacerlo.

     Marta tenía puesto su camisón preferido, el azul, y sus brazos desnudos caían a lo largo del cuerpo, vencida antes de luchar. Esa actitud de abatimiento causó en Carlos más enojo que sus palabras, por muy cortantes que le parecieran, y provocó la primera chispa.

     Caminaba sorteando los paraguas de otros viandantes y pensó en llamar desde alguna cabina para pedirle perdón; sin embargo, desistió ante el temor de que ella pudiera colgar el teléfono. Un gesto así sumaría más piedras a la muralla que ambos empezaron a construir hacía más de treinta minutos.

     ¿Ayudan unas horas de ausencia y unos kilómetros de separación a curar las heridas que dejan los reproches o acaso las empeoran y las cierran en falso? - se preguntó Carlos. Él no lo sabía y tuvo miedo. Plegó el paraguas y corrió hacia su casa sin preocuparse de la lluvia y sin sortear los charcos.

     Al entrar en su portal un tímido rayo de sol acaricio su espalda mojada.