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CON NOMBRE PROPIO. Olga Carniado

BUENA CHICA

Todos saben que es una buena chica. Ella, con su dulce sonrisa, su voz pausada y su mirar dulce. Todos dicen que le quiere con locura. Que camina tras él sólo para ser guardiana de su paso. Que calla antes sus comentarios, porque nada es tan interesante como sus palabras. Que gasta su energía en contar los minutos que faltan para agarrar su mano y sentirse segura otra vez.
Ayer él la invitó a su casa. Con sus ojos de gato travieso le cantó al oído: “Para siempre”. Y un anillo de plata barata selló su unión. Y ella sonrió. Y él se imagino la vida tranquila a su lado, siempre a su lado. Perdonado al fin.
Ella luce su nueva silueta con orgullo. Su andar es más pesado y tiene ojeras. Pero como siempre, nunca se queja. Ni cuando él se tira en la cama y se da la vuelta sin darle un beso. Ni cuando las náuseas la atan al retrete y sólo tiene el consuelo de sus ronquidos lejanos. Ni, mucho menos, cuando la felicitan por su buena suerte, por ese marido tan cariñoso, que siempre coge su mano cuando caminan por la calle. Está ya tan cerca.
Y sigue teniendo cara de buena chica. Buena chica sí, pero no tonta.
Le robó todo. Esa casa pagada a base de horas extras y comidas escasas, los ahorros reservados con ilusión para un viaje que nunca llegó, cada hora con ese niño que nació con el pelo alborotado y las manitas inquietas. Cerró la puerta sonriendo. Y es que a veces no hace falta gritar para sellar la venganza.

CON NOMBRE PROPIO


EL SOCORRISTA
de Olga Carniado


      Se estrelló contra el agua sin estrépito. Como si el salto fallido hubiera enmudecido no sólo a la gente que miraba sofocando el grito con sus manos, sino al propio aire. Su cuerpo flotaba, desvanecido, como un madero en un remanso tranquilo. El maquillaje, tan pulcramente aplicado por su entrenadora, no había perdido su color. Violetas, fucsias, verdes. Igual que el apretado bañador que marcaba sus formas aniñadas, su espalda rotunda. Alguien reaccionó al fin. Un anciano se despojó de su camisa, cual vigilante de la playa y se lanzó contra el azul. Esta vez, el sonido del agua rota estalló en todos los oídos. Se había lanzado demasiado lejos. Empezó a bracear sin conseguir recortar ni un milímetro, los brazos fuertes de arar el campo eran ahora palas inútiles contra ese líquido que se colaba entre sus dedos. Todo el mundo miraba, atónito. Una figura infantil, quieta. Una mancha ajada, rodeada de remolinos. Empezó a boquear. Él, que había ganado batallas a los mares más indómitos, a los ríos más bravos, estaba ahora atrapado en una cristalina piscina nacional. Cabeceó, rugió y de pronto, la tranquilidad se apoderó de la escena y el grito llegó a los oídos desmayados: “Me ahogo”.



      La niña despertó como de un sueño.   Tenía los ojos surcados de lágrimas y miró alrededor implorando perdón. La decepción se había apoderado de su pecho. Habían sido años de ensayos, de noches en vela, de golpes y morados, de rutina obligatoria. Y ahora, cuando estaban allí todos esos jueces, su madre, su abuela, Miguel con su sonrisa confiada,… todos, unas gotas inoportunas le habían hecho resbalar. Vió el trampolín mientras caía, luego dejó que el negro la inundara, eso mejor que la vergüenza. Pero… ¿qué la había hecho volver? Las ondas del agua captaron su atención. Y entonces lo oyó, otra vez… “Me ahogo”. En dos brazadas rompió la distancia que les separaba. Logró, tirando con todas sus fuerzas, hacer emerger la cabeza, el cuello. El anciano le guiñó un ojo. No había tragado agua. No necesitó su mano joven para terminar de salir del agua, sus rodillas se estiraron y su cuerpo emergió hasta la cintura. La niña notó el frío de los baldosines en sus pies, estaban en la zona que no cubría ¿Qué había pasado?



      El   anciano la abrazó y le susurró al oído: “El movimiento de tu pecho te delató. Respirabas más fuerte. Por la vergüenza. Ahora has sacado del agua a un anciano, eres una heroína. No lo olvides”. Y con la sonrisa más pícara del mundo metió su cabeza en el agua y echándola hacia atrás, colocó sus escasos cabellos.