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"CON NOMBRE PROPIO": INO ROMERO.



NEGRO BRAGAO
No me sale el rezo. ¡El coño tu hermana”, le dije en el banco. El miedo se pasa y los duros quedan, decía mi padre echando humo del habano. Padre nuestro… tendría quince años y el toro era más alto que mi miedo. Si me coge esa tarde se mezcla la sangre con el meao. Si no te arrimas no vas a México, ¡El coño tu hermana, arrímate tú con tu porcentaje, joeputa! Santa María Madre de Dios… es guapa la Macarena, me dejó colgao de los pitones del negro bragao. La Trini se puso las bragas, no pude terminar el polvo, se cruzó un pitón y sentí la brasa en el estómago. A la Trini no puedo engañarla, a la Macarena tampoco, y al pitón menos todavía. Diez putos años en el toro. El papel vendido, joeputa de tendido siete ¡Arrímate, Miguelín, que te ha cogío cariño el pobre! Padre nuestro que estás… mi padre en la barrera, con su puro, mi madre en casa, con su arradio. Puedo escribir La verdad de Miguelín, que sería mentira, o El miedo de Miguelín, que sería verdad desde aquel pitón. ¿Y pa qué rezo si el miedo no se calla?. La Trini se puso las bragas verdes y me abrazó. Verde y oro, si corto dos orejas voy a México. Rezaré camino a la plaza. Al principio el dinero tapaba el miedo y los coches nuevos corrían más que los bufidos. Embrujado, un toro negro bragao.

CON NOMBRE PROPIO: INO ROMERO


EL HOMBRE DEL GABÁN VERDE

La zapatería estaba llena de clientes aquella tarde de sábado cuando entró un hombre que cojeaba ostensiblemente. Llevaba un sombrero y un gabán verdes y en la mano portaba una bolsa de plástico.
Tras buscar durante unos segundos, se dirigió a una joven que, sentada en una banqueta baja, probaba unos zapatos a una señora. Desde su posición, a vista de pájaro, el hombre pudo apreciar la acentuada alopecia de la clienta.
—Señorita, por favor—, dijo el hombre, —espero que se acuerde de mí. Estuve aquí la semana pasada y me vendió usted unos zapatos Pitillo marrones.
—No le recuerdo ahora, caballero, lo siento, pero haga el favor de esperar unos minutos, como ve estoy ocupada y hay mucho público esperando.
—Parece mentira que no me reconozca, vine con este mismo gabán. De todos modos lo mío se arregla muy pronto, en esta bolsa traigo el par de zapatos que me llevé y resultan ser uno del 43 y el otro del 42, necesito que me cambien el 42 por otro 43.
—Es muy extraño, señor.
—¿Quiere decir que soy extraño porque llevo un gabán verde?
—No señor, lo extraño es que hubiera números diferentes; las cajas tienen siempre la misma talla.
—¿No es cierto que viene un zapato del pie izquierdo y otro del pie derecho?, pues también puede venir uno del 43 y otro del 42. ¿Acaso me va a llamar usted mentiroso?
La señora alopécica había seguido la conversación con impaciencia y no pudo reprimirse más, levantó la mano con el dedo índice extendido hacia el hombre y dijo:
—A mí me importan un bledo sus zapatos pero me está haciendo perder un tiempo precioso de modo que haga el favor de permitir que la joven siga trabajando.
—Pues a mí tampoco me agrada ver su alopécico cuero cabelludo y me aguanto.
Entre el hombre del gabán verde y la señora se entabló una agria discusión, cada vez más acalorada, a la que puso freno el encargado de la zapatería que se llevó al hombre hasta un despacho interior donde hizo que le explicara lo ocurrido con sus zapatos.
—Aquí los traigo, ¿lo ve usted?, uno del 42 y otro del 43.
—¿Usted no se probó los dos cuando los compró?
—Me probé uno solamente, el del 43 que me estaba muy bien y, como tenía mucha prisa, pagué y me los llevé sin más.
—Veo que no tiene usted la caja, ¿me deja ver su ticket de compra?
—Siempre que compro calzado dejo la caja en la zapatería, odio golpearme con las esquinas de las cajas. Creo que tiré el ticket en una papelera cuando salí a la calle.
Una sonrisa de triunfo se asomó a la cara del encargado.
—Todo esto es muy extraño. Para empezar no puedo entender que alguien entre en una zapatería de nuestra categoría con prisas, como si fuera a un supermercado de barrio o un chino. Lo considero un desprecio hacia una profesión que ha dignificado los pies de la humanidad. Tampoco comprendo que una persona normal se pruebe un solo zapato y se vaya tan pancho, ¿no sabe usted que existen diferencias notables entre nuestros pies izquierdos y derechos que los buenos fabricantes reducen con sus investigaciones y procesos de fabricación? Por otro lado me trae usted dos zapatos de distinto número que han sido usados en la calle; ¡las suelas están gastadas y asquerosas! Podía haber tenido la decencia de limpiarlas pero no, usted viene con la intención de que le solucione un problema que ha causado usted mismo.
El hombre había ido empequeñeciendo dentro de su gabán verde a medida que recibía la amonestación del encargado, no obstante sacó alguna fuerza para protestar:
—¡Pero yo los compré aquí! Es cierto que los usé para ir al cine. Cuando me los puse me costó meter el pie en el 42 y pensé, como ha dicho usted hace un momento; que tendría un pie más grande que el otro. Al regresar a casa cuatro horas después sufría una herida horrible en el pie y podría demandarles por daños y perjuicios.
—Naturalmente, estaría usted en su derecho, pero vamos a la tienda que deseo someter su caso a los clientes.
El hombre del gabán metió los zapatos en la bolsa y siguió al encargado que dio unas palmadas sonoras para atraer la atención:
—Distinguidos señoras y señores clientes: este hombre que tengo a mi lado expone lo siguiente: Según él compró aquí un par de zapatos hace días; sólo se probó uno; despreció la caja y los trae en una bolsa vulgar de plástico;, tiró su ticket de compra en una papelera; sostiene que un zapato era del 42 y el otro del 43 y, a pesar de ello, se los puso y se fue al cine. Ahora pretende que le solucionemos su problema y amenaza con denunciarnos. Y yo les someto a ustedes lo siguiente: ¿Alguien en la sala se siente identificado con este personaje?, ¿Alguno de ustedes compraría un zapato usado en la calle por este caballero?, ¿Alguien con sentido común osaría realizar el cambio de un zapato usado, sin ticket, un sábado por la tarde?¿Es digno de este establecimiento un indeseable como él?
Un silencio cortante siguió a las palabras del encargado que rememoró con placer sus mejores discursos antes de que le degradaran como juez.
—¡Ese tipo es un farsante y se merece que le echemos a patadas de nuestra zapatería!—, gritó la señora alopécica al tiempo que lanzaba un zapato que acertó al hombre en la cabeza. Otros clientes decidieron emularla y los zapatos llovieron desde varios frentes de la tienda arrojados por clientes enardecidos.
El hombre del gabán se arrodilló para protegerse de la lapidación y descubrió entre tanto zapato un Pitillo del 43, marrón, que escondió en su gabán. No le dio tiempo a ver si era del pie izquierdo o del derecho.

INO ROMERO

"CON NOMBRE PROPIO". Ino Romero


EL EMBOZO VACÍO

“Si te veo llorar el día que me muera soy capaz de marchar sin despedirme”
A pesar de su amenaza yo lloré mucho aquel día teñido de gris por el otoño, y él se despidió apretando mi mano hasta que le abandonaron las fuerzas.
A medida que nuestros hijos nos fueron dejando, el piso se nos hizo cada vez más grande y hoy, que regreso por primera vez sola del cementerio, me siento más pequeña que nunca y se me hacen las estancias increíblemente desproporcionadas con mi tamaño.
Cierro la puerta tras mí y doy los primeros pasos por el largo pasillo sin querer reparar en los cuadros que él pintó cuando dejó el trabajo; tendré tiempo de imaginarle con sus pinceles copiando postales de paisajes… y mi foto embarazada del mayor con la nariz de la Liz Taylor sustituyendo a la mía, tan fea.
El techo había crecido desde el último día y su voz de barítono no volvería a retumbar a lo largo del pasillo:
“! Hola, cariño, ya estoy aquí”
Toda la familia tenía la costumbre de saludar desde la entrada para no asustar a quien estuviera en la casa. Con voz muy queda he dicho:
¡Hola, soy yo”. No hacía falta gritar pero nunca se sabe quien puede aparecer cuando tanto se le desea.
“Si estás lista nos vamos a dar un paseo por el parque y, a la vuelta, nos sentamos en una terraza”
Apenas salíamos a la calle yo me colgaba de su brazo como hacía desde novios y me sentía más segura y protegida que una reina. Ahora que mis rodillas chirrían de dolor echaré en falta su fuerza, un motivo más para la añoranza.
“Me has usurpado parte de mi territorio”, se quejaba en broma cuando yo me acostaba antes que él”
Entro en el dormitorio y me abruma el enorme tamaño de la cama para mi pequeño cuerpo. Abro primero el embozo de mi lado y rodeo la cama para abrir el suyo… por si regresa. Con las yemas de los dedos rozo su almohada y el hueco apenas perceptible donde apoyaba su cabeza.
Me acuesto sin sueño, sólo para soñar con él, y me acongoja el pensamiento de que mañana, apoyada en el quicio de la puerta del cuarto de baño, no oiré su voz de barítono por encima de la maquina de afeitar y de la ducha. Ni me llamará para que le extienda un poco de crema por la espalda y él tampoco me frotará la crema en la espalda con una suavidad impensable con sus fuertes manos… y me perderé su pícaro azote en mi nalga desnuda.
En diciembre haríamos cuarenta y ocho años de casados. Yo siempre le preguntaba qué había visto en mí, tan menuda siendo él tan buen mozo.
“¿Quieres decirme qué pudiste ver en mí?”, insistí cuando ya estaba muy malito.
“No pude contar tus pestañas el primer día y me empeñé en conseguirlo alguna vez”, me contestó en broma.
A veces pienso que sería mejor dejar este piso y este mundo tan grandes para mí pero he decidido llenar las paredes con cartas a Anselmo donde le cuente los buenos y los malos momentos que pasamos juntos y cuántas pestañas tienen los ojos de nuestros hijos y nuestros nietos. Empezaré clavando esta nota junto al retrato que me hizo con la nariz de Liz Taylor.

"CON NOMBRE PROPIO". Ino Romero



AMIGOS DE PAPEL
               
        Ino Romero – nov. 2010
 
            Desde mi sillón, al otro lado de la mampara que separaba el mostrador de la recepción de la sala de lectura, escuché el saludo con que el joven bibliotecario recibía a don Iñaqui; mi vecino del piso quinto.
            Don Iñaqui rondaba los ochenta años, tenía un aspecto saludable, caminaba muy erguido y no abandonaba nunca su chapela. Su saludo era educado y cortés pero algo frío en el trato social. Él llevaba unos cinco años en nuestra casa; vivía sólo y no se le conocían amigos ni familiares que le visitasen. Esta circunstancia fomentaba en el barrio comentarios diversos, algunos de preocupación por su soledad y otros críticos con su renuncia a integrarse en las actividades propias de los mayores de la vecindad.
            ─Buenos días, don Iñaqui, ¿se llevará otro libro?
            ─Desde luego, joven. Pienso hacerlo mientras me acompañe la vista.
            ─Entonces tiene usted para largo y hace muy bien; nada mejor que una buena lectura. Sin embargo, dirá que soy un entrometido, ¿no sería bueno para usted combinar la lectura con alguna relación amistosa?; es decir.: ¿tener alguna persona con la cual conversar?,  se me ocurre que, con tanto libro, le puede pasar a usted como a don Quijote, je, je. Es broma, don Iñaqui.
            ─Le acepto la broma, joven, y agradezco su interés que deduzco tiene su origen en los rumores de la gente.
             ─Es cierto. Están extrañados de que usted no tenga familia ni amigos y que no frecuente el Centro de Mayores donde podría hablar con otros señores de su edad.
            ─Le diré que no soy ningún extraterrestre y que tuve una familia maravillosa, aunque corta, que fui perdiendo. También me fueron dejando amigos muy queridos y a otros los dejé de ver cuando tuve que marchar de Euskadi, pero de eso no quiero hablar. No obstante, del mismo modo que no es posible buscar una familia de sustitución como se hace con un coche averiado, tampoco me apetece a estas alturas reemplazar a los amigos de toda la vida por unos nuevos como si fueran  bienes de consumo.
            ─Le comprendo, don Iñaqui, sin embargo estar solo y sin hablar con otras personas…
            ─Siempre me ha gustado hablar y puedo asegurarle que hablo mucho (y no estoy más loco que la mayoría). Mantengo charlas a diario con otras personas; mejor dicho, con algunos personajes de las historias que leo. A veces hablo con los protagonistas pero me gustan más los personajes menores y los maltratados por el autor. Muchas veces me compadezco de ellos y les cambio su papel anodino con alguna frase brillante. Siento afecto en particular por los malvados de las historias cuyo destino perdurará en los libros a través de los tiempos y procuro regenerarles sin importarme un bledo lo que pueda opinar el autor. De esta forma establezco unos lazos muy íntimos y me complace pensar que me lo agradecen.
            El joven bibliotecario había seguido las palabras del anciano con toda atención y sin interrumpirle.
            ─ ¡Caramba, don Iñaqui!,  me parece maravilloso lo que hace.
            ─ Entonces no lo comente por ahí; no quiero que me miren como a un tipo más loco de lo que soy.
            ─Descuide, don Iñaqui. Creo que a partir de ahora me fijaré más en los personajes sórdidos o intrascendentes y me acordaré de usted. O mejor, ¿por qué no nos tomamos un café de vez en cuando y comentamos algunas notas suyas con otras mías?
            ─Ya se por donde vas, joven amigo, me gustará mucho charlar contigo de vez en cuando.