PATETICA HISTORIA II




 LA PATÉTICA HISTORIA DE LEOPOLDO CONTRERAS, VS, ARTURO (segunda parte)

VI

Miguel no podía quitarse de la cabeza la película. Saber que la historia de Arturo no era ficción no sólo le reconcomía de curiosidad, también le provocaba alguna idea que, por muchas vueltas que le daba, se le escapaba sin llegar a racionalizarla. Resolvió ir al vídeo club y terminar de ver la cinta. Resultó ser un dramón; Arturo, rodeado de papelotes y porquería, ensimismado en leer y releer una cuartilla, tiraba sin miramientos la colilla del cigarro con tan mala fortuna que iba a caer en una de las cajas que colonizaban el saloncito. El viento que se colaba por la ventana abierta, la brasa, y el sopor del vino peleón, hicieron el resto: Arturo, chamuscado, era rescatado por los bomberos. Aún medio inconsciente clamaba por Adela, por su retrato. La película terminaba con la imagen del protagonista sentado en el duro banco de un jardín con toda la vegetación tan marchita y arrasada como él, como su aciaga vida.
A Miguel, de repente, la idea esquiva se le presentó nítida en la memoria y supo que conocía a Arturo. Por motivos obvios, los nombres los habían cambiado en el guión, pero la historia era la misma que la de Leopoldo Contreras, su profesor de latín; un hombre lleno de cicatrices, no sólo en la cara y las manos, también en el alma dado su carácter amargado, su aspecto hundido, fracasado.

VII

Miguel no sabía qué fue del viejo profesor, por el tiempo pasado suponía que ya habría dejado de martirizar a sus alumnos con “La guerra de las Galias”. Tampoco le dio muchas vueltas, era bastante más urgente quitar la porquería churretosa de sus ventanas. Apagó el cigarrillo y se vistió con la terrible idea de que la película era un aviso del destino, su futuro, si no ponía rápido remedio, bien podría ser igual de patético. Compró en la droguería de su barrio tres bolsas repletas de todo lo que la dependienta le quiso vender para luchar contra la suciedad. Miguel sonreía complacido mientras la chica, con ojos risueños, colocaba encima del mostrador lejía, guantes, limpia cristales, líquido especial para sanitarios, friega juntas, paños, estropajos, cera para muebles, líquido para terrrazo, para parquet, para superficies lisas, para limpieza de exteriores, suavizante, detergente, insecticida, ambientadores e incluso un abrillantador especial para la plata, que, aunque aún no tenía, imaginó que podría desear en el futuro. Antes incluso de salir de la tienda, llamó al trabajo y adujo tener un fuerte gripazo, pues calculó, con bastante eficacia, que el tiempo que necesitaría para usar todos esos líquidos, geles y pastas, iba a sobrepasar con mucho un par de días. No tenía más remedio, el olor del incendio le picaba ya en la nariz.
De vuelta, atravesó por el parque, el mendigo que pedía en la puerta de San Martín dormitaba en un banco, la boca abierta, el rostro abotargado y áspero. Otro que no va al trabajo, pensó y, en un impulso, se acercó hasta él y observó sus rasgos dormidos con sus ojillos miopes. Sí, definitivamente podía ser Leopoldo Contreras.
Miguel se alejó del parque aferrando sus bolsas con voluntad de náufrago, como el que se aferra a un madero en el mar.

VIII

La resolución estaba tomada: Los medios de comunicación no hablarían de él como el mendigo de La Latina. Dos días tardó en dejar el apartamento como los “chorros del oro”, hubo momentos en que pensó podía desfallecer, el olor de las lejía y el agua fuerte llegaron a provocarle amagos de vómito; a todo se sobrepuso con tal de dejar las cosas bien hechas. En la tintorería Sánchez, de la calle Mayor, alojó todas las prendas que aún poseían algo de dignidad –hasta el viernes no estará todo listo ─, le dijo la dependienta.
Fue el día trece de junio del año mil novecientos setenta y tres, festividad de san Antonio, cuando Miguel entró en la cordelería “Hermanos Quintero”, sita en el número veinte de la calle Toledo. “Quiero una soga, más bien gorda que flaca, y que tenga al menos cinco metros”. El dependiente, un hombre canoso de unos sesenta años, no quiso hurgar en cuestiones operativas y le pareció que dos centímetros de calibre serían suficientes.

 No había mucha actividad en el parque de El Retiro esa tarde de finales de primavera, los árboles ya estaba frondosos y sus ramas se escondían. Su miopía progresiva le hacia apretar los párpados para mejorar la visión. Buscaba y buscaba sin parar, el calor comenzó a dilapidar el poco líquido de su epidermis, sus pasos empezaron a ser torpes y atrofiados, de pronto le vino la imagen del estanque, también el puente del jardín chino, incluso la verja de la puerta del invernadero. Si Arturo había perdido a Adela él no tenía nada que perder, salvo su trabajo de barrendero en el distrito de Tetuán, y algún que otro fracaso acumulado en el manejo de su vida.

¿Qué tal Miguel?, ¿has pasado buena noche?
Todas las mañanas son iguales en la sala de reanimación del hospital de La Paz. Mari Carmen, una gallega de Lugo, es la encargada de eliminar residuos depositados por doquier, más tarde deslizará por el suelo ese palo acabado en una bayeta cortada en tiras.

IX

Él no podía dejar de pensar en la maldita soga. No recordaba nada de lo ocurrido y se sentía desconcertado y ridículo con aquel camisón que tenía toda la espalda abierta y le impedía levantarse de la cama con dignidad, sin mostrar el trasero a todo el que quisiera mirarle, aunque con tanta goma… tampoco podría ir muy lejos.
─ No sé lo que llevas en esta bolsa además de tus ropas y efectos personales, pero pesa un quintal, si te suben a planta podrás colocarlo todo en el armarito, aunque hay que andarse con cuidado aquí, las cosas desaparecen con facilidad ¿sabes? Tú... ya me entiendes.
─ ¿Cuánto hace que estoy aquí, no me acuerdo de nada?
─ Has estado inconsciente – dijo Cristina, la enfermera regordeta que acaba de entrar, te ingresaron anteayer; entraste bastante mal. Por lo que nos dijeron te recogieron en el Retiro, debajo de un árbol, a pleno sol, nadie sabe cuánto tiempo estuviste allí tirado. Tu compañero de cama todavía estaba peor que tú.
─ ¡Es que no tienen ningún cuidado! Y este calor es muy traicionero. –intervino Carmen, la de Lugo.
─ Leo,  ¿cómo te encuentras hoy? ─ Preguntó Cristina acercándose con el aparato de tomar la tensión al enfermo de la cama de al lado.
Al escuchar la voz femenina aquel guiñapo humano se volvió y pareció cobrar forma. Miguel dio un respingo sobresaltado, no cabía la menor duda, era el propio  Leopoldo Contreras, versus Arturo, como le llamaban en la película.
─ Mariana, ¿eres tú?
─ No, Leo, soy Cristina y voy a tomarte la tensión y ella es Carmen, la que adecenta un poco este lugar, aquí hay que mantener la higiene, por el bien de todos. No ha venido ninguna Mariana y tampoco han podido localizar a nadie de tu familia.
─ Yo le conozco – intervino Miguel sin pensarlo ─ Era profesor de latín y Mariana debía ser su esposa.
─ ¿Sabe dónde vive y con quién? En administración se están volviendo locos intentado localizar a alguien que se encargue de él.
─ No, creo que su mujer le dejó hace mucho.
─ Con lo que me está contando y todas esas cicatrices surcando su rostro me está recordando una película terrible que estuve viendo el otro día. Un tal Arturo, al que su mujer le había abandonado vivía solo en muy malas condiciones y casi muere al incendiarse su casa.

X

Los días se hacían interminables en aquel hospital. Miguel únicamente tenía una obsesión: regresar a su casa y llevarse con él a Leopoldo. Serían felices y se harían compañía, ya que los dos estaban solos en el mundo.
A los quince días dieron de alta a Miguel, pero Leopoldo no mejoraba.
Todas las tardes, a la hora de visita, Miguel pasaba el tiempo con el enfermo, que no terminaba de recuperarse.
Un día se le ocurrió leerle un fragmento de “La guerra de las Galias” y entonces ocurrió el milagro: Leopoldo se sentó de golpe en la cama y preguntó:
─ Mariana, ¿eres tú?
─ No ─ respondió Miguel ─, yo soy el señor Martínez, Miguel Martínez, al que suspendiste en latín en COU y se quedó ese año sin poder ir a Londres durante el verano ¡Se la tenía guardada señor Contreras!
Y continuó leyendo, y leyendo y leyendo…


FIN


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Caramba que historia. Es un poco liosa pero está bien. Se ven distintas plumas, pero le habéis sabido dar la vuelta varias veces para conseguir un buen resultado. Supongo que este tipo de trabajos debe ser divertido hacerlos entre tanta gente.

Anónimo dijo...

Ya he leído la patética historia y me ha gustado mucho el final con la mala leche que usa para su venganza. Creo que todos hemos soñado con vengarnos
alguna vez.
Un beso