CON NOMBRE PROPIO "Andrés Portillo"


Ya está en máquinas la primera novela de Andrés Portillo “Encanto y desencanto de un hombre sin gracia”  que saldrá en breve a la luz con el sello de la editorial segoviana Isla del Naufrago.
Este es el primer capítulo de esa historia de pasiones y carencias, de mezquindades, de miedos…
Agradecemos a Andrés la primicia de estas primeras líneas que, indudablemente, prometen, y ya estamos deseando asistir a su presentación y seguir leyendo las aventuras de Camilo y Paula.

 Encanto y desencanto  
de un hombre sin gracia

1
 
Por aquel entonces, yo era un hombre gris y sin gracia. Sin embargo, inesperadamente, la chica más guapa del baile se fijó en mí. Fue la pasada primavera, en el “Femme Fatale”, un club decadente del centro de Madrid. Un tugurio para náufragos curtidos, de los que buscan desesperados un último salvavidas al que poder agarrarse. Paula era diferente, luminosa, el faro que alumbraba a los derrotados en la batalla.
Solía acudir al antro cuando necesitaba mejorar mi autoestima; al lado de toda esa gente decrépita, incluso yo resultaba ser un cuarentón bastante presentable. Me gustaba el taburete que había en la esquina más oscura de la barra, el mirador perfecto para un tímido curioso. Ese día también estaba vacío. Me senté y pedí una tónica con mucho hielo. No porque me entusiasmaran las bebidas amargas, sino porque entonces había decidido no probar el alcohol durante un tiempo; mamá se disgustaba mucho cuando llegaba a casa con alguna copa de más y eso me creaba mala conciencia.
Era la primera vez que veía a Paula por el “Femme Fatale”. En realidad, nunca había visto por allí a una mujer que bajase de los cincuenta. Ella aparentaba tener poco más de veinte años. No era excesivamente alta. Vestía ropa informal, que contrastaba con la pretendida sofisticación de las otras, y el pelo le rozaba con sus puntas la cintura. La piel, delicadamente blanca, borraba toda sospecha de que el rubio de sus ondas se debiera a un tinte tramposo. Los pantalones ceñidos y una blusa translúcida avisaban de la presencia de un cuerpo rotundo. Pero, lo que más llamó mi atención, lo que me prendó, fueron sus labios: hidratados y carnosos, para aliviar penas, labios que desentonaban en medio de todas las bocas estériles que mendigaban por el local.
La descubrí asediada por un trasnochado que se afanaba en un galanteo patético. Ella tomaba pequeños sorbos de una bebida de color rojo, mientras buscaba por encima del hombro la excusa perfecta para dejarle plantado. Fue entonces cuando cruzamos las miradas. Paula clavó sus pestañas en mis ojos para pedir auxilio. Yo, como un perfecto cobarde, desvíe la mirada y me lavé las manos con el agua que sudaba mi vaso de refresco. Cuando volví a bajarla, vi que ella se acercaba sin dejar de mirarme, con descaro. Quise marcharme, escurrirme entre la gente para esquivar el encuentro; pero no pude, siempre que se avecinaba un contacto imprevisto con alguien del otro sexo, las piernas me blandeaban como las de un chiquillo asustado.
– ¿Me invitas a una copa? – me preguntó ya con su boca pegada a mi oído.
Fui incapaz de pronunciar una sola palabra y me limité a alzar las cejas y a mover el cuello para afirmar por tres veces. No soy alto, ni bajo, ni feo, ni guapo, ni gordo, ni flaco; ni siquiera uso gafas. Sólo soy un hombre del montón, un tipo mediocre, de los que pasan desapercibidos en bodas y funerales, de los que nunca salen en la foto, un hombre sin encanto. Sin embargo esa noche, contra todo pronóstico, una chica preciosa se sentaba a mi lado con la aparente intención, al menos, de compartir charla, algo que en un principio me resultó sorprendente.
Paula le mostró al camarero su vaso vacío y pidió que le trajera otro Bloody Mary. Yo levanté un par de dedos temblorosos para pedir uno más, seguro de que un poco de alcohol ayudaría a templarme. La chica giró la cabeza hacia la pista de baile. Allí, dos señoras algo más que maduras agitaban sus arrugas al ritmo de una música cargante. Al lado de ellas, un par de vejestorios peinados a lo Fred Astaire se preparaban para el ataque. Entonces aproveché el momento para observar mejor a la chica luminosa, para intentar descubrir por qué ese ángel me había elegido a mí y no a cualquier otro para salvarle la noche.
– Pobres, si las vieran sus nietos... – comentó ella sin volverse.
Yo estaba paralizado, con un nudo en la garganta, por ello, cuando el camarero trajo las bebidas, agarré la que tenía más cerca y me bebí la mitad de un solo trago. Sólo entonces pude hacer la pregunta absurda:
–¿Vienes mucho por aquí?
Ella me miró como quien mira a un pajarito que se acaba de caer del nido, sonrió y me pellizcó la barbilla.
– Qué rico eres, tienes cara de niño bueno. Anda, acábate eso y me acompañas a tomar el aire.
Paula se levantó y me cogió de la mano. Sentí una convulsión, y un hilito del combinado que apuraba con ansia se escurrió por los bordes de mi boca. Me limpié con una servilleta de papel que conseguí alcanzar de la barra y, con la mirada clavada en los bolsillos de su pantalón vaquero, la seguí hasta la puerta. Ya en la calle me desenganchó de sus dedos, apoyó levemente sus hombros sobre el mármol de la boîte y encendió un cigarrillo. Con la primera bocanada me llenó la cara de humo.
– Me llamo Paula, ¿y tú?
– Camilo, Camilo Fernández, bueno…, para ti sólo Camilo – respondí tras carraspear torpemente.
Paula se incorporó para darme dos besos mientras me rodeaba el cuello con el brazo que le quedaba libre. Cuando me soltó sonreí, crucé las manos por detrás y, para ocultar el desasosiego, puse la mirada en el luminoso de la tienda de lencería que había en la esquina, apenas unos metros más allá.
– ¿Qué pasa, no me digas que ya estás pensando en regalarme un picardías? – me preguntó con descaro.
­ – No, qué va. Bueno, sí. Bueno, no sé. No miraba por eso, es que... – me atraganté y no pude continuar.
Paula me acarició el pelo como quien trata de reconfortar a su mascota. Terminó de fumarse el cigarrillo y sugirió que fuéramos a tomar algo a un sitio más tranquilo. Sin esperar respuesta, comenzó a caminar calle arriba moviendo sutilmente las caderas. Dudé por un instante, no estaba seguro de si seguirla era lo más adecuado. Eran casi las dos de la mañana y quería regresar pronto a casa para que mamá pudiera dormir tranquila; pero el cóctel comenzaba a embotarme la cabeza y la chica me gustaba mucho, muchísimo. Así que no me resistí y caminé a su lado como un perrito dócil.
Entramos en un bar de estilo inglés que quedaba cerca, tan sólo a un par de manzanas, como mucho a tres. El sitio estaba poco concurrido: cuatro chicos, casi adolescentes, jugaban a los dardos en una máquina electrónica que lanzaba destellos de colores. Una pareja se besaba con entusiasmo sobre uno de los sofás pareados que rodeaban la barra. Un hombre de mediana edad y aires marineros apuraba un vaso de licor con la mirada encallada en el mar de las paredes. El camarero dejó de leer un periódico bastante manoseado y nos preguntó qué queríamos tomar. Paula eligió por los dos:
­ – Dos güisquis, sin hielo y sin agua. En vaso ancho, por favor.
Intenté protestar, un güisqui después de un cóctel, tras varias semanas sin probar el alcohol, no podía sentarme demasiado bien, pero Paula me tapó la boca con su dedo índice para impedir que hablara.
– ¡Phsss! No te preocupes, si te mareas, yo te reanimo.
No supe qué decir, por ello me limité a devolverle la mueca con torpeza y me agarré a mi vaso como un pulpo asustado.
En el rato que tardamos en tomarnos tres copas, Paula me contó a modo de resumen buena parte de su aún corta historia. Así supe que la chica de los labios carnosos tenía veintitrés primaveras, recién cumplidas. Que a los diecisiete años, se fue de casa porque no aguantaba las borracheras de su padre ni los llantos dóciles de su madre. Que trabajaba en una tienda de ropa cara de uno de los barrios más ostentosos de Madrid. Que cobraba una miseria y compartía un piso minúsculo con su novio de toda la vida. También me dijo que Marco – así se llamaba el chico – era un niñato malcriado que desde hacía algún tiempo tonteaba con todo tipo de drogas. Paula me confesó que ella buscaba otra cosa. Que lo que de verdad necesitaba era un hombre que la protegiera y la mimara, un hombre trabajador, que tuviera ambiciones, al que le gustara ir al cine, viajar, la música y tener muchos hijos; en definitiva, un hombre de verdad.
Mientras, yo bebía de forma compulsiva para desinhibirme, para responder, sin que me ahogaran los nervios, a las preguntas con las que a veces Paula rompía el hilo de su monólogo. Así me inventé que trabajaba de economista en una empresa de seguros desde que terminé la carrera. Que adoraba mi oficio y aspiraba a ser alguien importante dentro de la empresa. Que el cine era el mejor invento de la humanidad. Que me encantaba viajar. Que no podría concebir una vida sin música. Y que, por supuesto, me gustaría tener hijos, muchos hijos, un equipo de fútbol, o mejor un ejército.
Los labios de Paula y el alcohol hicieron que asumiera con facilidad el papel de “Hombre de sus Sueños” y olvidara que, a mis cuarenta, aún vivía con mamá porque tenía miedo a independizarme. Que jamás había tenido novia. Que era un triste chupatintas de los que se ganan la vida archivando papeles. Que también a mí me pagaban una miseria. Que no tenía aficiones de ningún tipo. Que disponía del mismo oído musical que un canto rodado. Y que, dada la atrofia por desuso que sufría mi pene, dudaba mucho de que pudiera engendrar un retoño si algún día se presentaba la ocasión.
Sin que nos diéramos cuenta, el bar se fue quedando vacío. Eran casi las tres de la mañana y el camarero apresuró nuestra despedida sin muchos miramientos. Apagó la música y bajó el cierre de la entrada hasta media altura. Paula me hizo un gesto para que liquidara la cuenta. Saqué un billete del monedero y lo extendí sobre el mostrador. Esperamos a que el camarero nos trajera la vuelta e inmediatamente después nos largamos. Estaba tan aturdido por el güisqui y las mentiras que me costó bajar del taburete. Ya en la calle, hice un esfuerzo para mantenerme erguido e intentar despedirme lo más dignamente posible de la joven que me había alegrado el día. Pero Paula me pidió que no me fuera, que por favor la acompañara a su casa, que esa noche no quería irse sola.
– Es que no me siento demasiado bien –intenté disculparme.
­ – Venga hombre, si vivo muy cerca, cogemos un taxi y estamos allí en nada. Además, así te despejas – volvió a insistir.
– Ya, pero es que..., es que estoy un poco mareado.
– Pues por eso. Además, no me valen pretextos, ¿o vas a dejar que una jovencita indefensa regrese a casa sola a estas horas de la madrugada? Tú no eres de esos, ¿a qué no?
Paula hablaba con un tono tan embaucador que hizo que un escalofrío me cruzara la espalda. Entonces pensé en mi madre. La imaginé sentada en una silla del cuarto de estar, con la mirada perdida en la ventana, esperando impaciente a que su “pequeño libertino” regresara a casa para tumbarse unas horas, para poder descansar tranquila. Era consciente de que entre Paula y yo había una diferencia de edad que me metía directamente en el saco de los hombres que bien podrían ser su padre. Pero, en ese momento, nada de eso importaba. Una chica preciosa quería estar conmigo, insistía para que la acompañara a su casa. Eso era algo que no me ocurría todas las noches. De hecho, no me había ocurrido ninguna otra. Y fue por ello por lo que dejé que Paula se enganchara a mi brazo para emprender, con una sonrisa de oreja a oreja, el camino que me llevaría derechito a las puertas del caos.

"CON NOMBRE PROPIO". Ino Romero



AMIGOS DE PAPEL
               
        Ino Romero – nov. 2010
 
            Desde mi sillón, al otro lado de la mampara que separaba el mostrador de la recepción de la sala de lectura, escuché el saludo con que el joven bibliotecario recibía a don Iñaqui; mi vecino del piso quinto.
            Don Iñaqui rondaba los ochenta años, tenía un aspecto saludable, caminaba muy erguido y no abandonaba nunca su chapela. Su saludo era educado y cortés pero algo frío en el trato social. Él llevaba unos cinco años en nuestra casa; vivía sólo y no se le conocían amigos ni familiares que le visitasen. Esta circunstancia fomentaba en el barrio comentarios diversos, algunos de preocupación por su soledad y otros críticos con su renuncia a integrarse en las actividades propias de los mayores de la vecindad.
            ─Buenos días, don Iñaqui, ¿se llevará otro libro?
            ─Desde luego, joven. Pienso hacerlo mientras me acompañe la vista.
            ─Entonces tiene usted para largo y hace muy bien; nada mejor que una buena lectura. Sin embargo, dirá que soy un entrometido, ¿no sería bueno para usted combinar la lectura con alguna relación amistosa?; es decir.: ¿tener alguna persona con la cual conversar?,  se me ocurre que, con tanto libro, le puede pasar a usted como a don Quijote, je, je. Es broma, don Iñaqui.
            ─Le acepto la broma, joven, y agradezco su interés que deduzco tiene su origen en los rumores de la gente.
             ─Es cierto. Están extrañados de que usted no tenga familia ni amigos y que no frecuente el Centro de Mayores donde podría hablar con otros señores de su edad.
            ─Le diré que no soy ningún extraterrestre y que tuve una familia maravillosa, aunque corta, que fui perdiendo. También me fueron dejando amigos muy queridos y a otros los dejé de ver cuando tuve que marchar de Euskadi, pero de eso no quiero hablar. No obstante, del mismo modo que no es posible buscar una familia de sustitución como se hace con un coche averiado, tampoco me apetece a estas alturas reemplazar a los amigos de toda la vida por unos nuevos como si fueran  bienes de consumo.
            ─Le comprendo, don Iñaqui, sin embargo estar solo y sin hablar con otras personas…
            ─Siempre me ha gustado hablar y puedo asegurarle que hablo mucho (y no estoy más loco que la mayoría). Mantengo charlas a diario con otras personas; mejor dicho, con algunos personajes de las historias que leo. A veces hablo con los protagonistas pero me gustan más los personajes menores y los maltratados por el autor. Muchas veces me compadezco de ellos y les cambio su papel anodino con alguna frase brillante. Siento afecto en particular por los malvados de las historias cuyo destino perdurará en los libros a través de los tiempos y procuro regenerarles sin importarme un bledo lo que pueda opinar el autor. De esta forma establezco unos lazos muy íntimos y me complace pensar que me lo agradecen.
            El joven bibliotecario había seguido las palabras del anciano con toda atención y sin interrumpirle.
            ─ ¡Caramba, don Iñaqui!,  me parece maravilloso lo que hace.
            ─ Entonces no lo comente por ahí; no quiero que me miren como a un tipo más loco de lo que soy.
            ─Descuide, don Iñaqui. Creo que a partir de ahora me fijaré más en los personajes sórdidos o intrascendentes y me acordaré de usted. O mejor, ¿por qué no nos tomamos un café de vez en cuando y comentamos algunas notas suyas con otras mías?
            ─Ya se por donde vas, joven amigo, me gustará mucho charlar contigo de vez en cuando.

DÍA INTERNACIONAL DE LA PALABRA COMO VÍNCULO DE LA HUMANIDAD


       La Fundación Cesar Egido Serrano, con motivo del aniversario de la creación del Museo de la Palabra, ha determinado fijar el 23 de Noviembre el día internacional de la palabra como vínculo de la humanidad.

      Desde este blog, ventana por la que se asoma al mundo nuestro Colectivo Literario, queremos unirnos a esta celebración con la que nos identificamos plenamente poniendo la palabra como medio fundamental para un mejor entendimiento frente a la violencia y para propagar tolerancia, armonía.

     
Todos podemos ser piezas vitales para conseguirlo y convertirnos, por un día, en Embajadores de la Palabra, ¿qué mejor y más hermosa herramienta para la convivencia entre distintas culturas?


* A TAL EFECTO, EN EL ESPACIO RESERVADO PARA COMENTARIOS PODÉIS ESCRIBIR LAS PALABRAS QUE DESEES PARA CELEBRAR ESTE DÍA.


"VERSO A VERSO". María Arriba Ugarte

MI REGALO

Ni todas las flores, ni el oro,
ni las sedas,
ni el suave incienso, ni diamantes…
Qué puedo darte, belleza
salvaje, que no poseas
si tú lo eres todo.
Qué puedo darte que te merezca;
si todo es poco.
Y aunque sé que sólo la sencilla rosa
de cada día basta
para concebir tu sonrisa,
lo que tú te mereces…
Un suspiro de arco iris,
un trocito de la Luna,
una crin del Unicornio,
una gota del vino de Baco,
el primer rayo del alba blanca…
Todo, si pudiera. Todo.

"Con nombre propio". Antonio Gala


MONÓLOGO DE UN PERRO


"Yo no creo haber hecho nada malo esta mañana....Me parecieron todos muy nerviosos. Iban y venían por los pasillos, esquivándose unos a otros. Ella le gritaba a la madre de él, y los dos niños, con las manos llenas de cosas, entraban en el dormitorio de los padres, que yo tengo prohibido. La pequeña –la más amiga mía- chocó contra mí dos o tres veces. Yo le buscaba los ojos, porque es la mejor manera que tengo de entenderlos: los ojos y las manos. El resto del cuerpo ellos lo saben dominar y, si se lo proponen, pueden engañarte y engañarse entre sí; pero las manos y los ojos, no. Sin embargo, esta mañana mi pequeña ni me quería mirar. Sólo después de ir detrás de ella mucho tiempo, en aquel vaivén desacostumbrado, me dijo: “Drake, no me pongas nerviosa. ¿No ves que no vamos de veraneo, y están los equipajes sin hacer?” Pero no me tocó ni me miro. Yo, para no molestar, me fui a mi rincón, me eché encima de mi manta y me hice el dormido. También a mi me ilusionaba el viaje. Les había oído hablar días del mar y de la montaña. No sabía con certeza qué habían elegido; pero comprendo que, en las vacaciones – y más en estas, que son mas largas que las otras dos- mi pequeña podrá estar todo el día conmigo. Y lo pasaremos muy bien, estemos donde estemos, siempre que sea juntos...

Tardaron tres horas en iniciar la marcha. Fueron bajando las maletas al coche, los paquetes, la comida ─ que olía a gloria ─ y los envoltorios del último momento. Yo necesitaba correr de arriba abajo por la escalera pero me aguanté. Cuando fueron a cerrar la puerta, eché de menos mi manta. Entré en su busca; me senté sobre ella; pero el me llamó muy enfadado. – “¡Drake, venga! “ ─, y no tuve mas remedio que seguirlo. Mientras bajaba, caí en la cuenta de que, en el lugar al que fueramos, habría otra manta. Ellos siempre tienen razón. Los tres mayores, mi pequeña, su hermano y yo....

Era difícil caber en aquel coche, tan cargado de bultos; pero estábamos bien, tan apretados todos. Yo me acurruqué en la parte de atrás, bajo los pies de los niños. La madre de él se sentó en un extremo, que suele ser su sitio, y todavía no se le habían olvidado las voces de ella, porque no decía nada; solo miraba las calles y las calles y la luz, que era muy fuerte, a través del cristal... Los niños se peleaban con cualquier pretexto esta mañana; seguían muy nerviosos. Yo sufrí sus patadas con tranquilidad, porque sabía que no iban a durar y porque era el principio de las vacaciones. Cuando, de pronto, el niño le dio un coscorrón a mi pequeña, yo le lamí en cambio las piernas con cariño; pero ella me dio un manotazo, como si la culpa hubiera sido mía. La miré para ver si sus ojos me decían lo contrario. Ella, mi pequeña quiero decir, no me miraba.

Fue cuando ya habíamos perdido de vista la ciudad. Él se echó a un lado y paró el coche. Los de delante daban voces los dos no se si por qué discutían o por qué. La madre de él no decía nada; ya antes había empezado a decir algo, y ella la corto con muy malos modales. Tampoco los niños decían nada... Él bajó del coche y cerro de un portazo; le dio la vuelta; abrió la puerta del lado de los niños, y me agarró por el collar. Yo no entendí. Quizá quería que hiciese pis, pero yo lo había hecho en un árbol mientras cargaba y disponía los bultos. Empujó con violencia las puertas, y volvió a sentarse al volante. Oí el ruido del motor. Alcé las manos hacia la ventanilla; me apoyé en el cristal, detrás de él vi la cara de mi pequeña con los ojos muy redondos; le temblaban los labios…

Arrancó el coche, y yo caí de bruces. Corrí tras él, porque no se daban cuenta de que yo no estaba dentro; pero aceleró tanto que tuve que detenerme cuando ya el corazón se me salía por la boca... Me aparté, porque otro coche, en dirección contraria, casi me arrolla. Me eché a un lado, a esperar y a mirar, porque estoy seguro de que volverán por mí... Tanto miraba en la dirección de los desaparecidos que me distraje .y un coche negro no pudo evitar atropellarme... No ha sido mucho: un golpe seco que me tiró a la cuneta... Aquí estoy. No me puedo mover. Primero porque espero que vuelvan a este mismo sitio en el que me dejaron; segundo, porque no consigo menear esta pata. Quizá el golpe del coche negro aquél no fue tan poca cosa como creí... Me duele la pata hasta cuando me la lamo. Me duele todo... Pronto vendrá mi pequeña y me acariciará y me mirará a los ojos. Los ojos y las manos de mi pequeña, nunca serán capaces de engañarme. Aquí estaré... Si tuviese siquiera un poco de agua: hace tanto calor y tengo tanto sueño... No me puedo dormir. Tengo que estar despierto cuando lleguen... Me siento más solo que nadie en este mundo... Aquí estaré hasta que me recojan. Ojala vengan pronto... "

ANTONIO GALA


CON NOMBRE PROPIO

   Esta es una interesante entrevista a Moussa Ag Assarid, y aunque desconocemos quien es su autor o autora, hemos decidido ponerla porque pensamos que puede gustaros leerla para conocer mejor a los tuareg, ver su manera de entender la vida, llena de belleza y alegría, y sobre todo tener en cuenta la conclusión final. 




MOUSSA AG ASSARID,

Nací en un campamento nómada tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier. Estoy soltero. Defiendo a los pastores tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo.

- ¡Qué turbante tan hermoso...!
- Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a su través.

- Es de un azul bellísimo...
- A los tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados...


- ¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?
- Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos naturales. El azul, para los tuareg, es el color del mundo.


- ¿Por qué?
- Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.

- ¿Quénes son los tuareg?
- Tuareg significa "abandonados" , porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: "Señores del Desierto", nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh.


- ¿Cuántos son?
- Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece... "¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!", denunciaba una vez un sabio: yo lucho por preservar este pueblo.


- ¿A qué se dedican?
- Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino de infinito y de silencio...


- ¿De verdad tan silencioso es el desierto?
- Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.


- ¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez?
- Muchos. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas... Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.


- Saber eso es valioso, sin duda...
- Sí, mucho. Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor!

- Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?
- Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!


- ¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa?
- Vi correr a la gente por el aeropuerto.. . ¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro...


- Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja...
- Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté... Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua... y sentí ganas de llorar.


- Qué abundancia, qué derroche, ¿no?
- ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso...


- ¿Tanto como eso?
- Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos... Yo tendría unos doce años, y mi madre murió... ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.


- ¿Qué pasó con su familia?
- Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa... Entendí: mi madre estaba ayudándome...


-¿De dónde salió esa pasión por la escuela?
- De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila. Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo...


- Y lo logró.
- Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.

- ¡Un tuareg en la universidad. ..!
- Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella... Y el fuego de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas: allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra... Aquí, por la noche, miráis la tele.


- Sí... ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?
- Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa... En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!

- Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.
- Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde...


- Fascinante, desde luego...
- Es un momento mágico... Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor... La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor...


- Qué paz...
- Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.