SE HA PRESENTADO EN MADRID EL LIBRO DE TAF "OCHO POR DIEZ"

PRESENTACIÓN DEL LIBRO "OCHO POR DIEZ"
     
      El viernes, 26 de febrero, el Colectivo Literario “Tirarse al Folio” (TAF)  presentó en Madrid su libro “Ocho por Diez” en el Centro Cultural Buenavista.

     Abrió la sesión la presidente del grupo, Graziela Ugarte, agradeciendo la nutrida asistencia, sin olvidar la amabilidad de la directora del Centro por cedernos el salón de actos.

     Así mismo, pasó a presentar a los nuevos integrantes del colectivo, Federico Fayerman e Iñaki Ferreras, y a Celia Muñoz de Unzúe, encargados de reconducir el evento.


     Tomó la palabra Federico que, tras darse a conocer, leyó una semblanza de la trayectoria del grupo, su andadura y propósitos culminados, hasta el momento, con la publicación del libro presentado, para terminar cediendo la palabra a Iñaki.
 

      Éste, comentó brevemente su perfil y su incorporación a la tertulia. A continuación pasó a leer el pórtico del libro “Ocho por Diez” y concluyó con una concisa sinopsis del espíritu que, a tenor de la personal interpretaciones de las fotografías, ha servido de hilo conductor a cada uno de los ocho autores de la publicación.



    Iñaki cedió el turno a Celia Muñoz de Unzúe. Ella lo inició con una escueta introducción y, fue presentando a los autores:

Cruz Cartas,

 





Carmen Arranz,








Pilar Ugarte,








Begoña de Antonio,











Theo Acedo,







Lui Antonioli (que no pudo asistir al acto),













Alejandro de Diego, 







y Graziela E. Ugarte,

que leyeron cada uno un relato, de los ochenta que se recogen en el volumen mientras la imagen a la que se referían aparecía como fondo.
 


    Cerró el acto de presentación en sociedad del libro de nuevo la presiente de TAF, agradeciendo la atención de los que les acompañaron.


 y por último se procedió a la firma de ejemplares.



      LOS INTEGRANTES DE TAF DAMOS LAS GRACIAS A TODOS AQUELLOS QUE NOS ACOMPAÑARON EL DÍA DE LA PRESENTACIÓN DE NUESTRO LIBRO "OCHO POR DIEZ", HACIENDO MÁS GRATA LA MISMA CON SU PRESENCIA. 
      ADEMÁS, QUEREMOS INDICAR A LOS QUE SIGUEN NUESTRA TRAYECTORIA DESDE ESTE BLOG, QUE EN LOS PRÓXIMOS DÍAS PUBLICAREMOS EN   "TIRARSE AL FOLIO LIBROS" UNA ENTRADA DE "OCHO POR DIEZ" POR SI QUIEREN DEJAR SUS COMENTARIOS SOBRE EL LIBRO O ALGÚN CUENTO EN PARTICULAR, QUE YA DESDE ESTE MOMENTO AGRADECEMOS. 

PRESENTACIÓN EN MADRID DE "OCHO POR DIEZ"


* Los ejemplares del libro podrán adquirirse el día de la presentación, al precio de 15 euros.

"OCHO POR DIEZ"


OCHO POR DIEZ

      Estimados amigos, queremos participaros este grato evento.
      Felices como niños con libro nuevo, nuestro Colectivo estrena una experiencia que es siempre deslumbrante y nos sentimos orgullosos por lograr hacer realidad, en papel impreso, contundente y colorido, un deseo de comunicar, de entregar, de entretener y también de ver y tocar unas palabras que en la mente se fueron asociando, uniendo, y que ahora es posible disfrutar con su lectura.
      No podemos decir que el elefante parió un ratón, sino al revés: que ocho ratoncitos han parido un elefante. Un elefante de papel con trescientas cincuenta y cinco páginas, diez fotos a todo color y, lo más importante, ochenta magníficos relatos.
      Si eso de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro sigue siendo el ideal romántico de una generación, podemos darnos por satisfechos, casi todos lo hemos logrado y entonces no nos queda más remedio que emprender un nuevo desafío: trabajar y pensar en el próximo alumbramiento, que por lo que se entreve será de mellizos.


"PASEN Y LEAN"


OSCURO RETRATO DE FAMILIA
(Relato conjunto elaborado por los componentes de TAF)


- I -
       
     Patricia contemplaba la escena desde atrás, a cierta distancia. Tenía el mismo derecho a estar allí que todas aquellas personas enlutadas y compungidas, sin embargo, no lloraría por aquel hombre al que apenas conocía como un amigo del trabajo de mamá. Ella había sido un gran error, un gotón de tinta negra en el folio de la vida de aquel señor intachable.



     Se enteró de todo una semana antes, cuando su madre andaba como lastrada por una pena inconfesable, arrastrando el infortunio de haber querido siempre a quien no merecía su amor, contentándose con las migajas que él le daba cuando le apetecía, y que un ataque al corazón impediría que volviera a recibir jamás.



     Poco a poco, con el mismo cuidado de quién alimenta a un gorrión, con voz entrecortada fue contándole cómo se conocieron, cómo empezaron a congeniar, cómo la relación se fue afianzando entre ellos. Patricia les cambió la vida, sobre todo a ella, aunque eso no se lo dijo.



      Ensimismada como estaba no reparó en el joven que se situó a su lado, hasta que se dirigió a ella:
     -Hola. Perdona. Quizás me equivoque pero... Tú debes ser Patricia, ¿no es así?
-Sí. Patricia Magallanes. ¿A quién tengo el gusto de conocer?
    
     -Mi nombre es Jorge Ruiz de Palomo Santaélices, y creo que tú y yo somos hermanos. Al menos por parte de padre.
Pasaron diez segundos eternos. Experimentó de todo Patricia: sorpresa, duda, agobio, calor, mareo, incredulidad, miradas perdidas, inquietud, desprecio, más calor..., todo. Hubo de todo y en solo diez segundos.
    
     -Disculpa, me siento algo incómoda -acertó a musitar-, quisiera estar sola.
-Como quieras. Pero, por favor, toma mi tarjeta.
    
Algo aturdida, Patricia salió del cementerio en dirección a su coche. No paraba de hacerse preguntas y todas conducían hacia la misma dirección: ¿Cómo era posible que ese hombre la conociera? ¿Por qué su madre nunca le había hablado de su hermano? ¿Quién era el culpable de esa situación tan incómoda?
    
    
     Estaba conduciendo sin prestar mucha atención al tráfico, su cabeza era incapaz de concentrarse y decidió ir a El Corte Inglés. Después de una hora mirando sin ver en el centro comercial, optó por marcharse, ir a casa y enfrentarse a su madre. Patricia notaba que a medida que transcurría el tiempo crecía su desconcierto.

     -Mamá, mamá, ¿dónde estás?
     -En la cocina, mi niña. Estoy en la cocina.
    -¿Por qué?-¿Por qué nunca me hablaste de él... De su existencia... De..., de mi hermano... De..., de un tal Jorge? 
    -Pero... ¿a qué te refieres, hija? No te entiendo...
    -Porqué me lo ocultaste, ¿por qué? 
    -¿Por qué, qué, hija mía? ¡Oh, Dios mío! Has ido..., has ido..., has ido al entierro de tu padre..., y le has conocido en el cementerio...
Te dije que él tenía una familia- explicó la madre arrugando con las manos el delantal- No podía saber que Martín le habló de ti, siempre fui un apartado oscuro de su vida. Y tú también, hija. Quizá en el último momento…-balbuceó rompiendo a llorar. 
   -Es él quien me ha conocido a mí. ¡Qué bochorno, Dios mío...!
   Patricia no se quedó a consolar a su madre. Salió de la cocina dando un portazo y se encerró en su habitación. Con rabia se fue quitando el traje oscuro que llevó en el entierro, lo dejó caer sobre el suelo de baldosas, lo apartó después con una patada hasta dejarlo hecho un ovillo en una esquina. Pero incluso entonces, mientras desahogaba su encono, se dio cuenta que había elegido ese traje con un mimo especial, con la esperanza absurda de que alguien la relacionara con el hombre que ahora yacía cubierto de tierra.


     ¿Jorge? Sacó la tarjeta del bolso. Jorge Ruiz de Palomo Santaélices, ¡Qué nombre ridículo! Sin embargo era guapo, buena planta, traje caro…


      El llanto de la madre se acercaba por el pasillo, pronto llamaría a la puerta. El ruido de los hipos y las lágrimas contenidas había sido la sintonía de su infancia. Patricia decidió que tendría que marcharse.


     ¿Pero adónde? Quizá con su abuela, aunque sabía que sería como continuar en casa porque su madre estaba muy ligada a ella.


     De pronto los llantos maternos cesaron, y escuchó que le avisaba con voz entrecortada:
     -Patricia, hija, te llaman por teléfono.
     Pensó que sería de su trabajo, pues no había avisado que no iría.
rió la puerta con cuidado y la madre le lanzó una mirada acusadora:
    -Es Jorge. Ya veo que has aprovechado el tiempo, ¡nunca pensé que actuarías así!
     Al otro lado de la línea telefónica escuchó una agradable voz que le preguntaba cómo se encontraba y que si quería entrevistarse con él para poner en orden algunos aspectos concernientes a sus vidas.
     Tardó unos segundos en reaccionar, pero le dijo que sí y quedaron para la mañana siguiente en una cafetería del centro.
     Cuando colgó, su madre la miró de arriba abajo y, entre dientes, murmuró:
     -Recuerda que es tu hermanastro.
    



     A la mañana siguiente y delante de sendas tazas de café, Patricia y Jorge no sabían cómo comenzar. Todo era tan extraño, su historia, su encuentro…
-Te advierto, Patricia, que yo nunca he sabido de la existencia de tu madre ni tuya en vida de mi padre. Mi madre debió intuir algo o él se lo confesó hace un par de años, cuando tuvo el primer infarto, y desde entonces no volvió a ser la misma. Tenía una mirada triste y a menudo la vi llorar sin motivo aparente. Lo cierto es que después de treinta años de matrimonio, conocer que hay otra mujer y otra hija de su marido, es un golpe duro para cualquiera.
     -A mí me ha pasado lo mismo. Mi madre me lo ha dicho hace pocos días, pues nunca logré que me confesara quien era mi padre.
     Continuaron relatándose sus vidas; la de Jorge mucho más divertida y sin ningún problema, la suya más anodina y siempre con altibajos.
     Al cabo de unas horas se despidieron prometiendo que estarían en contacto.
     

   

     La vida continuó como siempre: Patricia a su trabajo y la madre casi sin hablarle, con malos modos hacia ella. Hasta que, al cabo de más de un mes, la llamada de Jorge le llenó de alegría, pues no había dejado de pensar en él, y la citaba en el despacho de un notario porque aparecía como beneficiaria en el testamento de tú/nuestro padre, dijo con buen humor.

     Y llegó el día. Patricia se levantó casi al amanecer, aunque había pedido permiso en el trabajo. Estaba tan nerviosa que vació el armario buscando qué ponerse. Algo discreto, pero que no pareciese monjil. Elegante sin ostentación; oscuro pero no fúnebre… No se decidía por nada. Optó por irse al Corte Inglés, su tabla de salvación, su refugio, la válvula de escape en los momentos difíciles.
Encontró lo que buscaba: un conjunto de vestido gris estampado con diminutos lunares malva y la chaqueta lisa, a tono con el marengo del traje. Le costó un congo, pero si iba a heredar… se consoló del extravagante gasto.
     Apenas comió. Le daba vueltas a qué diría el testamento respecto a ella. Su madre no se pronunciaba, todavía estupefacta desde que recibieron la noticia.
     A las cuatro y media estaba en la calle Ayala; la cita era a las cinco. Esperó frente al portal, desde la acera opuesta, y vio llegar a Jorge; de su brazo una señora menuda, con aspecto severo en su atuendo de luto; unos pasos detrás una mujer bastante mayor, de rostro amable, conversaba con un sacerdote. Los cuatro entraron juntos en el ascensor. Pasados unos minutos Patricia los siguió.
      La notaría olía a rancio; no así el elegante despacho del notario, un cincuentón perfumado y atractivo que desplegó una deslumbrante sonrisa al saludarla. Sin perder tiempo abrió el testamento y procedió a la lectura de las últimas voluntades de don Martín Ruiz de Palomo. La mujer mayor, a la que calificó de “fiel empleada de toda la vida”, recibía una generosa pensión vitalicia. El sacerdote una buena limosna, donada para ayudar a la restauración de una de las capillas de la parroquia.
     Y llegó su turno; el notario la miró con simpatía y no mencionó su parentesco con el finado, sólo su nombre. Por el rabillo del ojo Patricia vio el gesto mohíno de la viuda que, nada más escuchar que heredaba un cuadro, mudó en una sonrisa sarcástica acompañada de un sonoro suspiro.
     Ella ya no oyó más. Estaba deseando salir de allí, y lo hizo sin apenas despedirse.
    
     A los tres días recibió el envío. Lo desenvolvió con desgana y apareció el retrato de un hombre: el padre del que nunca había disfrutado. Le pareció ofensivo el legado; ahora entendía la sonrisita irónica de la viuda. Enfurecida, decidió desmontarlo, enrollarlo y olvidarlo en un maletero. Su sorpresa fue encontrar que tenía un doble contrachapado en la parte posterior y, entre lienzo y madera, un sobre a su nombre.
    Pensó en hacerlo pedazos; sospechaba que sería una carta justificándose. Pero le pudo la curiosidad, y lo abrió. Sus carcajadas retumbaron por toda la casa.
    


Continuará...

CON NOMBRE PROPIO

Eva Barro García

Zazú
Zazú tiene los ojos amarillos. Castaños, dice mi madre. Pero no, son amarillos. Nadie los tiene así, sólo Zazú, y son tan alegres porque son de sol. Por las tardes los rayos entran por las rendijitas de la persiana y algunos le alcanzan y entonces parece que Zazú es la luz y que son sus ojos los que iluminan el cuarto y sale la claridad a la calle, para que no se haga de noche.



A él no se lo he dicho, no lo haré, porque ni siquiera sabe quién es Zazú, ni le importa, y cuando algo le molesta bufa, o grita, y si se enfada, golpea y rompe cosas. Yo me escondo. Si ya he cenado, que mamá por eso me hace bañar muy pronto, me quedo muy quieta en la cama, me tapo la cabeza para no oír y llamo muchas veces: Zazú.... Zazú... Zazú... No puede contestarme, pero lo he mirado tanto que sé que sigue sonriendo.



Zazú sonríe siempre. Porque es como una foto, dice mi madre, y le han sacado así. Pero no. Es un cuadro pintado y para hacérselo ha tenido que estar mucho tiempo sonriendo y eso es porque está acostumbrado, por eso Zazú es agradable y bueno. Le miro mucho, cuando me despierto temprano y enciendo la lámpara para no estar sola, coloco la almohada a los pies de la cama, y me abrigo con el edredón, y así puedo fijarme bien en su cara.



Algunas veces mamá sonríe un poco, si estamos solas, y entonces se me pone algo en el estómago, como cuando he comido helado, y aunque quisiera reírme mucho y decirle cuánto me gusta que esté contenta, no lo hago, porque sus ojos son oscuros y cuando brillan es porque van a escapársele unas lágrimas. Sólo Zazú tiene los ojos amarillos.



Zazú es alto, muy alto, muy alto, tanto que su cabeza llega a las nubes de muchos colores suavecitos que bordean el cuadro: rosas, verdes y dorados sobre el blanco azulado del cielo. Su pelo también es de muchos colores. Si me acerco veo diferentes marrones, amarillos, algunas hebras casi blancas y otras casi negras. Zazú tiene el pelo muy largo, casi como yo. Vi una vez a un chico que lo llevaba así, en la calle, no podía dejar de mirarlo y se lo dije a mamá, cuánto me gustaba, como Zazú. Y entonces él empezó a vociferar en contra de los melenudos y contra todo, y dijo cosas horribles, de ellos y de mamá y de mí porque cuando se enfada dice que soy como mi madre. Él siempre dice palabras espantosas, y lo peor es que grita, pero cuando más miedo me da es cuando junta los labios y empieza a amenazar entre dientes y mira de lado, con los ojos entrecerrados.
- ¿Por qué no le gusta Zazú, mamá?
- No es eso. Tú qué sabes...
- Sí lo sé. Es porque lleva melena. Y porque me gusta a mí. ¿A ti te gusta, mami?
- Si te estuvieras calladita... ¿Quién te mandó señalar a aquel chico, eh?
- Se parecía a Zazú...
- Pues te callas.
- Pero... ¿por qué se enfada así?
- Déjame en paz. Si no fueras tú... si no fueras tú...
Entonces me voy a mi cama, y le pregunto a Zazú. No me contesta, porque es una imagen, dice mi madre, y no es él de verdad. Pero me mira con sus ojos de caramelo y no deja de sonreír y hace que me sienta bien, aunque él no me quiera y por mi culpa llore mamá.



Zazú tiene la piel tan blanca, tan blanca, que si los mechones no le rodearan la cara parecería hecho de nube. Si me pongo de pie sobre las almohadas casi alcanzo a tocarlo. Una vez saqué todas las mantas, las doblé y me subí a la montaña, sin soltarme del cabecero con una mano, para no caerme, y toqué su mejilla. Estaba fría y aunque yo soy muy rubia, mi piel era mucho más tostada que la suya.



- Está pálido, mami.
- ¡Qué ocurrencia! ¡Podrías haberte matado! ¡Que sea la última vez! ¿Me oyes? ¡La última vez! Y ahora tengo que hacer toda la cama, levantar el colchón...
- Está pálido, pero me gusta mucho. Tiene cara de bueno. ¿Verdad que la tiene, mamá?
- ¡Qué obsesión, con el dichoso cuadro! ¡Si no fuera un recuerdo lo tiraba a la basura!
- ¡Es mío! ¡No lo tires! ¡No puedes quitarme a Zazú!
- Habla bien, que ya tienes casi seis años. ¿Hasta cuándo vas a seguir con eso del za-za-za? ¡Deja de llorar, anda, que no lo quito! Con el cariño que la pobre le tenía a ese Jesús... y que también es bonita, la imagen...



Mamá se enfada enseguida porque siempre está triste. Si él no está en casa hablamos las dos, más tranquilas, pero al llegar la noche todo se estropea y cuando siento la llave en la cerradura mamá se pone muy nerviosa y a mi me da un vuelco el corazón. No quiero verle, no quiero que venga, sobre todo desde que me obliga a acercarme para que le de un beso, total, si no me soporta... me atraganto con el cacao y de un salto me acurruco en la cama. Mamá me ayuda a desaparecer de la cocina. No enciendo la luz porque no quiero que sepa dónde estoy y el miedo es más fuerte que las ganas de ver a Zazú.



A veces mamá se maquilla un poco, para salir, porque no quiere que las vecinas ni las otras madres del colegio le vean las manchas de la cara, rojas, moradas, verdosas, pero en cuanto llega a casa se lava la cara, porque si él la encuentra así le pega más. Yo sé dónde esconde el frasquito de la crema, pero me callo, porque muchas veces los líos empiezan si yo digo algo que no debo. Los colores de los golpes de mi madre son como los de las nubes del cuadro, un poco más oscuros, pero allí quedan bonitos y a ella la afean mucho. Además, le da vergüenza. Algunas de las mamás de mis amigas van siempre maquilladas, así que su padre debe ser peor que el mío. Las otras niñas no tienen a Zazú, ni siquiera saben quién es. Sólo una vez se lo dije a Miriam, como un secreto, pero no me hizo caso. No hablo con nadie de Zazú.



Él no se parece a Zazú, es casi más bajo que mi madre, tiene la cara gorda y muchas veces hinchada y roja, y la boca tan fina que da miedo. Y el pelo tan corto, tan corto... como si no tuviera. Zazú tiene los labios muy bien dibujados. Me gustaría tanto que pudiera moverse y me levantara en brazos... y me diera un beso, como hace el papá de Neli cuando viene a buscarla al colegio... Ese papá es distinto, seguro que la madre de Neli no necesita pintarse. A Neli le gusta que su padre le haga mimos, ella se abraza a su cuello contenta, y los dos sonríen. Cuando él me pilla desprevenida y tengo que acercarme, se me pone una piedra en la garganta. No sé para qué me obliga a ir, si no le gusta y se agacha de mal humor. Es un beso horrible el que tengo que darle, con ganas de salir corriendo.



Si Zazú pudiera hacer como el papá de Neli yo le abrazaría y le besaría muy contenta, porque aunque su cara estuviese fría como en el cuadro, su sonrisa se haría más grande, y a Zazú sí que le gustaría tenerme en brazos. Su pelo me haría cosquillas...
- Le han puesto la boca un poco grande... y la nariz también...
- No es verdad. A mi me gusta. Y no se lo ha puesto nadie. Zazú es así.
Los muebles de mi cuarto son feos. Eran de la abuela y son tan viejos como era ella, tanto que se ha muerto hace mucho. La madera es muy oscura y toda tallada de hojas y cosas redondas que parecen flores, que cuando me apoyo, se me clavan en la espalda, pero no digo nada, que si me los cambian, a lo mejor, se llevan a Zazú porque el marco del cuadro es igual que el del espejo. Mi madre cuenta que fue un capricho de la abuela, que le salió bastante caro el encargo, pero que ella era así. El espejo llega casi al suelo, sobre una cómoda que tiene forma de barco, con la luna en el medio, encima de una puertecita donde mi madre guarda mis zapatos, cada par en su caja. Me miro en él y me quedo quieta, como si yo también fuera un retrato. Me ladeo un poco y en mi cuadro se refleja el de Zazú, y entonces estamos los dos juntos, allí adentro, y yo alargo las manos como él, pero aunque estemos en el espejo, es imposible llegar a juntarnos. Me quedo un ratito quieta, por ver si con el tiempo... pero ya comprobé que es imposible.



Zazú tiene unos brazos largos, largos... y fuertes, extendidos, con las manos abiertas. Los dedos sonríen también. Son finos, blancos, largos... se parecen a las manos de mamá y cuando me lleva por la acera al colegio, cierro los ojos algunos trechos y me imagino que es Zazú quien me guía. Él tiene los dedos cortos, las manos cuadradas, que hacen daño. Las manos de Zazú seguro que saben hacer caricias. Me imagino que se cansará de no cambiar de postura, pero como es tan fuerte... Mi madre diría que es porque es sólo una foto.



La madre de Patricia, al salir del cole, la abraza y la mira cariñosa, vuelve a abrazarla, le sujeta algún ricito en el pasador que se había escapado..., y la de Pilarín también. A mi madre no le gusta eso, dice que las estropean, pero a mí sí. Ya sé que sólo el papá de Neli da cariños, pero las mamás son otra cosa. No quiero que él se me acerque, pero me apetece mucho que mi madre me quiera, como a las otras. Ella sólo me busca con la vista, entre todas las niñas que salimos, me coge de la mano y nos vamos a casa.



Los domingos son horribles. Desde el balcón del comedor, por las mañanas, veo a algunos niños que juegan en el parque mientras sus padres pasean. Mi madre se encierra en la cocina y él se va al garaje a entretenerse con su coche y sus herramientas. Si manoseo el cristal, después mamá se enfada, pero es difícil quedarse quieta sin que el aliento dibuje nubes, y no siempre se evaporan solas sin dejar manchitas. Un día bajé al patio. Desde la verja veía más cerca el parque al que nunca puedo cruzar, porque soy pequeña para ir sola y ellos no van nunca. Él me castigó de rodillas en la acera porque no le oí llamarme. Los cuadraditos de las baldosas se clavan en las rodillas, además por el otro lado de la calle pasaba gente y me daba vergüenza. No he vuelto a salir y no lo haré, aunque haga sol. Por la tarde, tengo que ponerme el vestido nuevo. Es amarillo, con un borde de gasa plisada alrededor y una cinta preciosa con un lazo a la espalda. Como hace frío, me obligan a llevar ese abrigo de puntitos marrones que pica y que me hace daño, porque dice mamá que tiene la sisa mal cortada.
El que es estupendo es el vestido de Zazú. Es una túnica blanca, muy fina, que seguro que no molesta en ningún sitio. Yo quiero uno igual, pero ahora no hay de esos. Se lo dije a mi madre una vez y no me hizo caso, voy a dejar de hablarle de Zazú, porque me dice que es una tontería y que ya está bien. Me voy a mi cuarto y le miro, le llamo... a veces tengo la impresión de que amplía un poco su sonrisa para mí. He descubierto que el espejo de la cómoda puede ladearse mucho más, tiene un palo por detrás que lo sostiene. Entonces Zazú ocupa el centro y yo me coloco entre la cama y el espejo, me siento en la alfombra para no taparle del todo, me quedo allí, al alcance de sus manos abiertas y cierro los ojos esperando a que pueda moverse y acogerme.



A veces discuten antes de salir, y ya la tarde del domingo se amarga desde el principio. Otras veces salimos sin hablar mucho, sobre las seis. Me cogen uno de cada mano, yo me acerco a mi madre. Damos un paseo, para que la gente nos vea, dice ella después mientras me pone el pijama. Alguna vez nos vamos en el coche, más lejos, y cenamos fuera, pero no me gusta la comida de los restaurantes, siempre hay cosas verdes en la salsa y no puedo decirlo. A la vuelta, él se enfada, incluso a veces para el coche en algún sitio retirado y grita. No me atrevo a moverme en el asiento de atrás. Mi madre se aparta como puede, intenta esconder la cara para que no se le queden marcas más que en los brazos, porque con las mangas largas no se ven.



Se lo he contado a Zazú, y me parece que ahora sus ojos amarillos me miran con preocupación. Tengo mucho miedo. Lo descubrí yo. Había dejado abierto el portón de la cochera, y le vi cavando, había roto muchas baldosas. Se lo dije a mi madre y ella llamó a la otra abuela, la que vive sola en la casa del pueblo y que es la madre de él. No la veo mucho, porque no viene a visitarnos y nosotros vamos muy poco. Mamá no lloró, pero le temblaba la voz y el teléfono en la mano. Cuando él subió a cenar, le dijo que yo estaba mala, me callé que era mentira, y que por eso iba a dormir conmigo hasta que me bajara la fiebre. En la puerta de mi cuarto hay un pequeño pestillo y ella lo corrió antes de acostarse a mi lado. Cerré los ojos muy fuerte y llamé muchas veces... Zazú... Zazú... Zazú... Soñé que encontraba a mi madre muerta en las escaleras.



El pozo de la cochera, dice él que es para poder cambiarle el aceite al coche sin llevarlo al taller. Vino la abuela Dora y habló con ellos. Me trajo un cestito lleno de unos bombones muy raros, envueltos como si fuesen caramelos pero de chocolate. Mi madre está enferma. Desde lo del pozo se le caen las cosas, mira más triste. Me escondo de ella porque en cuanto me ve, llora y empieza con eso de que si no fuera por mi... No sé que quiere que yo haga, sé que tengo la culpa de muchas cosas, pero no sé porqué.



Se levantó de la mesa como una furia, ella se encogió entre la nevera y la puerta, él chillaba mucho y la amenazaba con el cuchillo grande en el vientre. Yo me acurruqué bajo la ventana, cada vez con más miedo. No pude evitarlo, empecé a gritar y entonces él me miró, dejó a mi madre y se me acercó despacio, cada paso que daba me aumentaba la congoja y aullaba más fuerte. Ella también se lanzó a mí, “déjala, deja a la niña, déjala”. No podía callarme, nunca creí que tuviera tanta fuerza en mi garganta. Él no soltaba el cuchillo y me dijo que ya hablaría conmigo, que me explicaría... Le escupí entre alaridos que no. No quiero. Tú nada tienes que decirme. No quiero. Vete... vete... no quiero... Me golpeó.
Fue apenas un instante de pánico, sin dolor.

Zazú se mueve... ¡puede caminar! Su túnica blanca y majestuosa ondula el aire a su paso. ¡Sus brazos no se están quietos, se me acercan! Ya no sonríe porque todo su rostro es risa alegre y su pelo acaricia sus mejillas cuando se inclina hacia mí y sus ojos son estrellas amarillas que me iluminan.
Zazú cambió el terror por dulzura y cuando su mano tomó la mía supe que mamá tenía razón, que el cuadro sólo era un cuadro frío, y Zazú, el de verdad, tiene la piel tan suave y cálida que todo, excepto La Luz, dejó de importar.



Eva Barro García