PRESENTACIÓN DE "BLANCO, NEGRO Y OTRO COLOR"



El lunes 25 algunos integrantes de TAF asistieron a la presentación  del último libro del Grupo Literario “Tintaviva”,  “Blanco, negro y otro color”, una coedición con poemas y relatos de ocho autores: Isabel Miguel, Javier Bueno, Juan Calderón, Julia Gallo, Concha García de los Arcos, María Carmen García, Joaquín Martínez, Carmen Silva, Alicia Wandelmer.

El acto comenzó con la intervención de la presidente Isabel Miguel, que brevemente disertó sobre los matices, “colores”, que iluminan las páginas del libro, para ceder la palabra a  Carmen Silva; ésta comentó los pasos dados para llegar a formar la propia editorial del grupo.

 A continuación Javier Bueno dio comienzo al turno de lecturas y sucesivamente fueron pasando por el escenario los distintos autores ofreciendo al público asistente fragmentos de sus trabajos.

 El evento finalizó con la firma de libros y brindando por el éxito de la obra.

NOTICIAS TAF. Premiada en el concurso "Una imagen en mil palabras" de Ars Creatio nuestra compañera Pilar.


Un peruano y una madrileña ganan el V concurso “Una imagen en mil palabras” de Ars Creatio


El pasado domingo, 24 de octubre, en el Palacio de la Música de Torrevieja, El concejal de cultura Eduardo Dolón; el de hacienda, Joaquín Albaladejo, junto al presidente de la asociación cultural Ars Creatio, Manuel Tévar, presidieron el evento que dio a conocer el fallo del jurado del V Concurso “una imagen en mil palabras”.  Concurso único en nuestro país de estas características que año tras año se consolida y buena prueba de ello es la alta participación.
Se recibieron más de trescientas obras procedentes de diversas partes del mundo,  todas ellas inspiradas en la visión de dos fotografías, y muy difícil lo tuvo el jurado, sobre todo por la gran calidad de los textos que a esta quinta edición concurrían. 

El acto, copresentado por la periodista local Encarna H. Torregrosa y Rosa Muñoz, llegó a su punto culminante con la lectura del acta del jurado en la que se desveló el nombre de los seccionados y los ganadores de este año. Los premiados resultaron ser la madrileña Pilar Ugarte Muñoz, inspirada en la foto de Pedro Gómez y el peruano Javier Alejandro Mariscal, que se basó en la foto de Eliseo Montesinos.
A ambos autores se les comunicó la noticia telefónicamente, en directo y transmitido por “Ars Creatio” a través de su emisora de radio. Los galardonados, en el trascurso de la entrevista, mostraron su enorme satisfacción por el reconocimiento obtenido, resaltando la magnífica labor de difusión de la cultura que lleva a cabo “Ars Creatio”.

Desde aquí felicitamos a nuestra compañera Pilar por haber conseguido el primer premio y en cuanto podamos publicaremos la fotografía y el relato ganador. Nuestra felicitaciones también para el otro ganador.

PATETICA HISTORIA II




 LA PATÉTICA HISTORIA DE LEOPOLDO CONTRERAS, VS, ARTURO (segunda parte)

VI

Miguel no podía quitarse de la cabeza la película. Saber que la historia de Arturo no era ficción no sólo le reconcomía de curiosidad, también le provocaba alguna idea que, por muchas vueltas que le daba, se le escapaba sin llegar a racionalizarla. Resolvió ir al vídeo club y terminar de ver la cinta. Resultó ser un dramón; Arturo, rodeado de papelotes y porquería, ensimismado en leer y releer una cuartilla, tiraba sin miramientos la colilla del cigarro con tan mala fortuna que iba a caer en una de las cajas que colonizaban el saloncito. El viento que se colaba por la ventana abierta, la brasa, y el sopor del vino peleón, hicieron el resto: Arturo, chamuscado, era rescatado por los bomberos. Aún medio inconsciente clamaba por Adela, por su retrato. La película terminaba con la imagen del protagonista sentado en el duro banco de un jardín con toda la vegetación tan marchita y arrasada como él, como su aciaga vida.
A Miguel, de repente, la idea esquiva se le presentó nítida en la memoria y supo que conocía a Arturo. Por motivos obvios, los nombres los habían cambiado en el guión, pero la historia era la misma que la de Leopoldo Contreras, su profesor de latín; un hombre lleno de cicatrices, no sólo en la cara y las manos, también en el alma dado su carácter amargado, su aspecto hundido, fracasado.

VII

Miguel no sabía qué fue del viejo profesor, por el tiempo pasado suponía que ya habría dejado de martirizar a sus alumnos con “La guerra de las Galias”. Tampoco le dio muchas vueltas, era bastante más urgente quitar la porquería churretosa de sus ventanas. Apagó el cigarrillo y se vistió con la terrible idea de que la película era un aviso del destino, su futuro, si no ponía rápido remedio, bien podría ser igual de patético. Compró en la droguería de su barrio tres bolsas repletas de todo lo que la dependienta le quiso vender para luchar contra la suciedad. Miguel sonreía complacido mientras la chica, con ojos risueños, colocaba encima del mostrador lejía, guantes, limpia cristales, líquido especial para sanitarios, friega juntas, paños, estropajos, cera para muebles, líquido para terrrazo, para parquet, para superficies lisas, para limpieza de exteriores, suavizante, detergente, insecticida, ambientadores e incluso un abrillantador especial para la plata, que, aunque aún no tenía, imaginó que podría desear en el futuro. Antes incluso de salir de la tienda, llamó al trabajo y adujo tener un fuerte gripazo, pues calculó, con bastante eficacia, que el tiempo que necesitaría para usar todos esos líquidos, geles y pastas, iba a sobrepasar con mucho un par de días. No tenía más remedio, el olor del incendio le picaba ya en la nariz.
De vuelta, atravesó por el parque, el mendigo que pedía en la puerta de San Martín dormitaba en un banco, la boca abierta, el rostro abotargado y áspero. Otro que no va al trabajo, pensó y, en un impulso, se acercó hasta él y observó sus rasgos dormidos con sus ojillos miopes. Sí, definitivamente podía ser Leopoldo Contreras.
Miguel se alejó del parque aferrando sus bolsas con voluntad de náufrago, como el que se aferra a un madero en el mar.

VIII

La resolución estaba tomada: Los medios de comunicación no hablarían de él como el mendigo de La Latina. Dos días tardó en dejar el apartamento como los “chorros del oro”, hubo momentos en que pensó podía desfallecer, el olor de las lejía y el agua fuerte llegaron a provocarle amagos de vómito; a todo se sobrepuso con tal de dejar las cosas bien hechas. En la tintorería Sánchez, de la calle Mayor, alojó todas las prendas que aún poseían algo de dignidad –hasta el viernes no estará todo listo ─, le dijo la dependienta.
Fue el día trece de junio del año mil novecientos setenta y tres, festividad de san Antonio, cuando Miguel entró en la cordelería “Hermanos Quintero”, sita en el número veinte de la calle Toledo. “Quiero una soga, más bien gorda que flaca, y que tenga al menos cinco metros”. El dependiente, un hombre canoso de unos sesenta años, no quiso hurgar en cuestiones operativas y le pareció que dos centímetros de calibre serían suficientes.

 No había mucha actividad en el parque de El Retiro esa tarde de finales de primavera, los árboles ya estaba frondosos y sus ramas se escondían. Su miopía progresiva le hacia apretar los párpados para mejorar la visión. Buscaba y buscaba sin parar, el calor comenzó a dilapidar el poco líquido de su epidermis, sus pasos empezaron a ser torpes y atrofiados, de pronto le vino la imagen del estanque, también el puente del jardín chino, incluso la verja de la puerta del invernadero. Si Arturo había perdido a Adela él no tenía nada que perder, salvo su trabajo de barrendero en el distrito de Tetuán, y algún que otro fracaso acumulado en el manejo de su vida.

¿Qué tal Miguel?, ¿has pasado buena noche?
Todas las mañanas son iguales en la sala de reanimación del hospital de La Paz. Mari Carmen, una gallega de Lugo, es la encargada de eliminar residuos depositados por doquier, más tarde deslizará por el suelo ese palo acabado en una bayeta cortada en tiras.

IX

Él no podía dejar de pensar en la maldita soga. No recordaba nada de lo ocurrido y se sentía desconcertado y ridículo con aquel camisón que tenía toda la espalda abierta y le impedía levantarse de la cama con dignidad, sin mostrar el trasero a todo el que quisiera mirarle, aunque con tanta goma… tampoco podría ir muy lejos.
─ No sé lo que llevas en esta bolsa además de tus ropas y efectos personales, pero pesa un quintal, si te suben a planta podrás colocarlo todo en el armarito, aunque hay que andarse con cuidado aquí, las cosas desaparecen con facilidad ¿sabes? Tú... ya me entiendes.
─ ¿Cuánto hace que estoy aquí, no me acuerdo de nada?
─ Has estado inconsciente – dijo Cristina, la enfermera regordeta que acaba de entrar, te ingresaron anteayer; entraste bastante mal. Por lo que nos dijeron te recogieron en el Retiro, debajo de un árbol, a pleno sol, nadie sabe cuánto tiempo estuviste allí tirado. Tu compañero de cama todavía estaba peor que tú.
─ ¡Es que no tienen ningún cuidado! Y este calor es muy traicionero. –intervino Carmen, la de Lugo.
─ Leo,  ¿cómo te encuentras hoy? ─ Preguntó Cristina acercándose con el aparato de tomar la tensión al enfermo de la cama de al lado.
Al escuchar la voz femenina aquel guiñapo humano se volvió y pareció cobrar forma. Miguel dio un respingo sobresaltado, no cabía la menor duda, era el propio  Leopoldo Contreras, versus Arturo, como le llamaban en la película.
─ Mariana, ¿eres tú?
─ No, Leo, soy Cristina y voy a tomarte la tensión y ella es Carmen, la que adecenta un poco este lugar, aquí hay que mantener la higiene, por el bien de todos. No ha venido ninguna Mariana y tampoco han podido localizar a nadie de tu familia.
─ Yo le conozco – intervino Miguel sin pensarlo ─ Era profesor de latín y Mariana debía ser su esposa.
─ ¿Sabe dónde vive y con quién? En administración se están volviendo locos intentado localizar a alguien que se encargue de él.
─ No, creo que su mujer le dejó hace mucho.
─ Con lo que me está contando y todas esas cicatrices surcando su rostro me está recordando una película terrible que estuve viendo el otro día. Un tal Arturo, al que su mujer le había abandonado vivía solo en muy malas condiciones y casi muere al incendiarse su casa.

X

Los días se hacían interminables en aquel hospital. Miguel únicamente tenía una obsesión: regresar a su casa y llevarse con él a Leopoldo. Serían felices y se harían compañía, ya que los dos estaban solos en el mundo.
A los quince días dieron de alta a Miguel, pero Leopoldo no mejoraba.
Todas las tardes, a la hora de visita, Miguel pasaba el tiempo con el enfermo, que no terminaba de recuperarse.
Un día se le ocurrió leerle un fragmento de “La guerra de las Galias” y entonces ocurrió el milagro: Leopoldo se sentó de golpe en la cama y preguntó:
─ Mariana, ¿eres tú?
─ No ─ respondió Miguel ─, yo soy el señor Martínez, Miguel Martínez, al que suspendiste en latín en COU y se quedó ese año sin poder ir a Londres durante el verano ¡Se la tenía guardada señor Contreras!
Y continuó leyendo, y leyendo y leyendo…


FIN


PATÉTICA HISTORIA I

Este es el último relato conjunto de los TAF, que como "culebrón de otoño"  publicaremos en dos entregas, siendo esta la primera, pero no os preocupéis que la segunda parte podréis leerla en los próximos días.


 
LA PATÉTICA HISTORIA DE LEOPOLDO CONTRERAS, VS, ARTURO

I
Sobre el sillón de plástico agrietado, se amontonaban los medicamentos. Cajas de todos los tamaños y colores. Tabletas, píldoras comprimidos y cápsulas sueltas proliferaban entre ellas.
El sofá era territorio de libros y revistas desordenadamente apiladas. El sol apenas podía penetrar a través del balcón cerrado con cristales opacos de mugre. El resto del piso estaba  igualmente desordenado y sucio: camas sin hacer, cocina abarrotada de cacharros grasientos y, en el cuarto de baño, los sanitarios habían dejado de ser blancos hacía mucho tiempo.
Arturo fumaba un cigarrillo de picadura, sentado en el suelo. Con la espalda apoyada en la pared de su dormitorio, tenía la mirada en el gastado marco de madera que enmarcaba la fotografía de Adela. Le gustaba recordarla a través de ese retrato, que la mostraba con sus veintiún recién cumplidos, dos días después de la boda y en pleno viaje de novios. En esa foto podía apreciar el amor y la felicidad que reflejaban aún sus profundos ojos negros. Desde entonces, habían transcurrido doce años y desde que Adela le abandonó, dos.

II

Arturo, cincuenta años, desgarbado, tez cetrina y aspecto de profesor de filosofía, apagó el cigarrillo y se levantó de repente. Se acercó cautelosamente a la foto y la miró fijamente durante algunos minutos. Su cuerpo comenzó a tambalearse. Sus ojos se tornaron acuosos y el pelo, largo con greñas, se erizó un  instante.
-¡Adela, Adela! ¿Por qué me has abandonado y me has dejado solo en la vida, sin padres, ni hermanos, ni hijos...?
El grito desgarrado del pobre Arturo hizo que un trozo de escayola del viejo techo del salón deslavazado cayera en picado sobre su cabeza, causándole un terrible y repentino dolor punzante. El hombre, como si de un zombi se tratara, cayó desmayado al suelo con una punta de la escayola clavada, como una peineta.
Dos ratas peludas y saltarinas salieron corriendo del cuarto de baño y se posaron sobre la barriga del pobre gañán solitario, dispuestas a darse un festín, como si la Providencia les hubiese avisado de algo que esperaban que sucediese desde hacía tiempo pues, en esa casa, no había ni un maldito pedazo de queso podrido que llevarse al colmillo.
Arturo pronto volvió en sí, abriendo un ojo.
Su pupila se topó de frente con la de una de las ratonas, que le miraba irónica.

III

Miguel, con brusquedad cogió el mando y apagó el televisor, estaba harto de tanta sordidez, suciedad y abandono. Bastante tenía él con su perra vida como para interesarse por la mísera existencia ajena y menos pensar en esas ratas de cloaca que corrían por la pantalla.


 Miró a su alrededor y reconoció que su tugurio no era muy distinto al de la peli, claro que él no era Arturo y no tenía a ninguna Adela, ¡y ni falta que le hacía! Pero si quería olvidarse de su situación no era justamente viendo a un desgraciado como él que la pasaba tan mal que casi los hermanaba.
Él lo que quería era divertirse, vivir, salir y disfrutar de su cuerpo serrano... y no como ese sentimental que llamaba a gritos a la Adela que lo había abandonado.
Pero ¿dónde? ¿Con qué? ¿Con quién? ¡Qué preguntas!
Sólo pedía un lugar para sentir que vivía y no obsesionarse por la amenaza latente del paro ni languidecer en plena soledad. Estudia, estudia, le había dicho su mamá. ¡Ja! para estudiar había que tener cabeza, había que ponerse, hacerlo, y él… Bueno, él no servía para esas cosas que parecían de niñas, sentadito leyendo o escribiendo. No, eso no era lo suyo. Él quería gritar, quería jugar, quería siempre ser el primero en salir corriendo del cole.
Miró a su alrededor y no encontró ningún retrato enmarcado, sólo una caja de comida para gatos con una foto muy bonita de un felino peludo. “Al menos no tengo ratas paseando por aquí ya que el gato me las espanta.”
De un manotazo apartó a unas cucarachas que terminaban con el trozo de pizza que estaba sobre el periódico que había traído del metro, de paso lo tomó y se puso a repasar las noticias. En la sesión de espectáculos leyó que la peli que había estado mirando recién, se había basado en un hecho real... “¡Qué fuerte!”

IV

Algo recuperado del impacto del trozo de escayola, Arturo, vagó a tortabillones (tambaleándose) por el muladar a que se asemejaba su apartamento.
“Es necesario que entre aire fresco” se dijo, al mismo tiempo que apartaba unas cajas semi abiertas atestadas de libros junto a otros objetos, hasta dejar el paso franco hacia la ventana de vidrios opacos. El cierre se resistió de primeras. Tras varios intentos, la roñosa bisagra cedió, no sin quejarse, chirriando lo suyo. Incluso sin ésta, la ventana quedaba pegada a los marcos del vano. “Cuánto tiempo hará que no se ha abierto esta ventana” pensó al apoyar los pies con firmeza sobre el pavimento plagado de suciedad. Al fin la hoja izquierda cedió y también la derecha con lo que ésta quedó abierta de par en par.  Al punto entraron bocanadas del aire reconfortante que circulaba por aquella calle una tarde de abril sin sol. Arturo se sintió aliviado y como su estatura era considerable, no tuvo obstáculos para apoyar sus antebrazos en el alfeizar. La sórdida calle no era apenas transitada en ese instante. Una enorme valla se alzaba al otro lado. Sin embargo, tras ésta, crecía la raquítica yedra de un patio abandonado. La copa cimera de un álamo blanco se asomaba por el vallado, cabeceando. Después, un descomunal caserón ocupaba el horizonte. El aire - abrisado en principio- poco a poco se fue transformando en viento atrevido, el cual, con su osadía, no sólo revolvió los cabellos descuidados de Arturo sino que levantó, de una de aquellas cajas amontonadas, hojas escritas de diferentes tamaños. Éstas revolotearon por el cuarto con aleteo de pájaros. Unas de las hojas en cuartilla, fue a  posarse sobre el hombro izquierdo de Arturo. Cogió el papel. Al ojearlo, advirtió que estaba escrito a mano. Parecía una esquela, un borrador precipitado más bien, firmada por Adela. Sus ojos se detuvieron, no en el encabezamiento, en donde figuraba el nombre de a quién iba dirigido el mensaje, sino en la rúbrica, la cual se le antojó con demasiadas curvas y florilegios. 

V

Si, reconocía en los trazos de la firma la personalidad de Adela; el pié barrigudo que denotaba esa necesidad de atesorar que siempre la persiguió. Nunca era suficiente el ahorro, recortaba cupones, iba a todas las ofertas, le martirizaba con dietas baratas, con camisas de cuadros pasadas de moda… La quería, pero era una roñosa. También se insinuaba  agresividad en la “y”, un palote rígido, militar; así era, como un sargento, siempre había que hacer lo que ella decidía, y aunque una honda coqueta envolvía su nombre él bien sabía que eso significaba ocultación. Sí, no le gustaba contar sus cosas, todo era misterioso. Él le decía que ser tan cerrado no le hace bien a nadie, que hay que relacionarse, pero ella insistía en que la gente es mala y se mete en lo que no le importa. Finalmente se detuvo en el punto de la “i”, tan redondo, parecía una peca, siempre lo vio como algo creativo, simpático pero remirándolo se le hacía aniñado, de colegiala. 

   Continuará...

NOTICIAS TAF


Con el recuerdo agridulce de la reciente lectura del libro “Las travesuras de la niña mala” recibimos la grata noticia de que el escritor peruano, Mario Vargas Llosa, de 74 años, ha sido galardonado este jueves con el Premio Nobel de Literatura.

La ilustre institución ha destacando de la obra de Vargas Llosa “las imágenes mordaces de la resistencia del individuo, la rebelión y también la derrota".
Desde que en 1990 lo ganara Octavio Paz, hasta hoy ningún escritor en lengua española había sido  galardonado.
Su próxima novela, El sueño del celta, se publicará el próximo mes de noviembre. El autor, nacionalizado también español, es una leyenda viva de la literatura hispanoamericana y, por la parte que nos toca,  un orgullo para la cultura española.
¡Felicidades!

¡¡TAF!! REVISTA DIGITAL Nº 2/2010