ESPERA INÚTIL
Suspiró profundamente y recogió uno de los cubiertos de la mesa. Después de esperar durante una
hora tuvo que reconocer que hoy tampoco vendría su hijo a comer con él.
No se
acuerda de mí, se dijo, mientras se limpiaba las lágrimas de los ojos.
Los sollozos
se repetían todos los días, hasta que Malena, la mujer que le cuidaba, salía de
la cocina y se acercaba a él para consolarlo.
—¿Otra vez
llorando? Usted no ha tenido hijos, don José, se lo digo todos los días. Venga,
le voy a servir la comida, que yo tengo que marcharme ya.
© Carmen
Baranda



0 comentarios:
Publicar un comentario