CON NOMBRE PROPIO


Mención de honor I Certamen de Narrativa "Maestro Gerardo Muñoz y Muñoz”



PERROS SIN CABEZA NO PUEDEN LADRAR



                                                     Miguel León Durán



                                     “Sólo las lagartijas buscan la misma covacha
                                                         hasta cuando mueren”.
                                                         Juan Rulfo, Paso del Norte.



¿Pero fue un sueño con alma o un sueño sin alma?

Es un sueño sin alma. Un sueño de costra, de cáscara hecho sólo. Un sueño por fuera con un hueco sordo adentro. En el que te caes y te caes y te quedas cayendo. Bien adentro. Como si fueras el propio viento soplando y soplando sin saber por qué. Como si hubieras nacido para soplar y caer y nada más que eso. Dando vueltas hacia abajo en el mismo vientre del viento. En un útero que no es el tuyo. Encerrado, sordo y ciego. Atado a montañas vacías, a un camino como pintado con pulso tembloroso. Con los pies descalzos de certidumbre.
El útero ralo te va rasgando la piel y luego las entrañas hasta llegar a tu memoria para comerla toda. Y entonces te quedas tú hueco por dentro y el sueño se nutre de ti. Y te despiertas sin el ritmo de tus latidos. Otros tambores tocan y matan el silencio de la mañana y te das cuenta de que no has acabado de salir del sueño, que lo llevas en tu espalda enganchado, mordiéndote el cuello, y que probablemente ya nunca saldrás de él.

Siempre he sentido pavor por los ladridos de los perros, eso sí. Pero hacia pocas cosas más he tenido miedo. No me gusta la gente que al preguntarle su nombre lo dicen sin seguridad, sin fuerza, sin convencimiento, como si no les perteneciera el nombre. Con una voz medio sorda, escondida, te responden: Claudia, Bernardo, Leo, Beatriz... Desconfío de esa gente. Si ya su nombre no lo saben afirmar, implantar, malo.
Yo impongo mi nombre. Yo me llamo Francisco Juárez de Negrón y hay pocas cosas que me den miedo en esta vida. ¡Pero ay las que me lo dan! Y no es que yo entienda de miedos. No soy yo hombre que se pare y repare en cosas así. Siempre he ido de frente. He sido buen cazador. He trabajado como el que más y he intentado estar del lado de los que se debe estar. Pueden decir misa, pero yo no abandoné a los míos por que sí. Si vine a la ciudad fue para ganarme la vida y preparar un porvenir para los míos.

El viento es un susurro soplado de la muerte, viene de arriba. Al que le golpea en la cabeza varias veces, lo separa, lo arranca un poco de esta vida.

De niño un tío mío me dijo que si en mitad de la noche se escuchan ladrar perros es porque ha muerto alguien. Por aquí cerca no vive ningún perro ya hace tiempo. Al menos durante el día, que yo sepa. Pero yo anoche los escuché ladrar. Tampoco hoy me ha llegado noticia de muerte alguna. Y eso que yo anoche escuché ladrar a los perros.
-Perros sin cabeza no pueden ladrar.
¿Por qué recordar esa frase ahora? ¿Por qué la voz de mi tío en este momento? ¿Por qué me llegas tan de verdad, tan rota de alcohol?
El día todavía es bien oscuro. Es oscuro desde que amaneció. Todavía las voces son murmullos, como enredados en la noche y sus rincones. Aún no me he puesto a caminar. Y ya a estas horas no es normal. Es extraño pero es así. No he decidido ponerme a caminar en este día que parece que no acaba de arrancar. Y sin embargo siento mis piernas pesadas y como esclavas de una larga caminata. Me imagino la avenida que suelo cruzar a estas horas. Debería de estar allí. En esa avenida sí que callejea algún perro durante el día. Y suele soplar el viento. Y quizás sea el viento el que me trajo los ladridos anoche.
Juraría que ya es de día, hoy, a estas horas. Pero no veo la luz por ningún lado. Si dijera estas cosas que pienso en voz alta quizá arrancaría el día, pero entre murmullos el sol debe de estar asustado. Y entre sustos es difícil arrancar. Yo no sé por qué pero también creo sentir como un susto en el paladar. Pegado y amargo. Desde que los ladridos de anoche me llegaran como disparos.



Francisco Juárez de Negrón por fin vio la casa tras el cerro. El camino había sido largo, hondo, duro. Pero la vio, al fin, y la reconoció. Era la casa donde había nacido. Agachó la mirada, notó la tierra blanda bajo sus pies y él mismo se enterró.



Luego, el viento trajo los ladridos de su perro Basilisco.











FELIZ NAVIDAD Y MUCHA CREATIVIDAD



LOS QUE NOS TIRAMOS AL FOLIO OS DESEAMOS UNA FELICES FIESTAS, Y PUNTOS SUSPENSIVOS...

COMPARTIENDO FOLIOS CON...


    
EL PASADO MIÉRCOLES NOS VISITÓ
MILAGROS BUENO.

  
   “La muerte al salir del texto” Termina al acabar de escribir y renace con cada lector.       Así comenzó Mila, escritora y crítico literario, la charla que nos ofreció sobre diversos aspectos de la crítica y corrección de textos: enfoque académico, narratología, punto de vista, voz…
      Analizó y comentó sobre los trabajos que los integrantes de TAF previamente le habíamos enviado, utilizando estos para ejemplarizar y estudiar en cada uno de ellos distintas facetas de cuentos y relatos: diálogos, acción, conflicto, elemento moral, final, etc.

      En resumen: una instructiva tarde que Mila además hizo interesantísima y amena, en la que todos estuvimos encantados con los resultados de la sesión y que esperamos poder repetir en el futuro, para seguir aprendiendo y mejorando.


PASEN Y LEAN


Estos son los cuatro poemas que consiguieron Mención de Honor en el I Certamen de Poesía “Poeta Juan Calderón Matador”, poeta que ha recibido recientemente el premio de poesía Villa del Escorial por su poema "Los vientos de la guerra" (más información en http://raicesdepapel.blogspot.com)

 SÚPLICA AL HIJO


Porque llega el invierno y como llega
el viento que atraviesa los cristales
y, una a una, recorre las estancias
desordenadas, hijo,
porque nada es igual a cuando madre
amando repasaba nuestra vida,
si todo estaba en paz y daba gloria
saber que cada cosa
tenía el hueco justo y acomodo...


Como, ahora, es el ocaso y, en la ruina,
mi corazón se para si no encuentra
a un alma cariñosa en la escalera
que me empuja hasta el quinto y que me dice
que no hay quien viva aquí sin ascensor;
sabida mi desgracia
como una penitencia o un mal de ojo,
que Dios sabrá el porqué de ir tan aprisa
ladeándome torpe hacia el abismo...


Si es que veo pasar el tren y pienso
que está mi salvación, tan a la mano
donde existen espacios con andenes
para otras despedidas.


Porque nada es igual entre estas cuatro
paredes desoladas
donde ayer tuvo, Amor, su territorio
cerca del cielo y hoy es fría cárcel,
escucha bien mi súplica:
si sólo es soledad cuanto se ofrece
¡llévame –ya-
a una Residencia, hijo!


Tomemos ese tren, a cualquier hora,
que me traslade urgente por los mapas
donde tiene el otoño su retiro
para quedarme, a solas,
allí, donde la vida contempla
lentamente en el aire de las flores
y los rayos de sol lucen gozosos
por los blancos pasillos de la asepsia.


Llévame a descansar, con la memoria
recorriendo su antiguo labrantío
del pan venido a menos
o el salto hacia el destierro, en mala hora,
buscando en la metrópoli
la mina de oro que soñé en mi huerto
y el claror que alumbrase mi palabra
primitiva, de esparto y de cardenchas;
triste el alma del tedio campesino
y, luego, pasajera
con su laúd por ramblas y avenidas.


Hijo, iré de repaso ya viviendo
con la luz de otro tiempo, residente
en el ámbito incierto de la espera,
-mientras veo volar los otros trenes
que son aves de paso al infinito-
hasta que el Cielo me reclame y luego
te manden el recado de mi muerte.


Luís de Blas




HERIDO POR LA LÍRICA


Me despierto a la urgente llamada
de la aurora,
a los cantos madrugadores de los gallos,
al rumor de la linfa de tu fuente.


Con las notas iniciales de tu música
quiero ensayar cada mañana
los compases iniciales de mi júbilo
como ensaya el pájaro cantor su melodía.


En ti me asomo a la inocencia
de voces balbucientes
y al redoble de tu verbo enardecido,
a tu abejar de mieles agridulces,
al lírico rumor de tu río permanente,
de tu brisa que efunde los perfumes
de tus vates inmortales.


Al ritmo de tu canto,
gozo en la herida que me abriste.


Te bebo en los surcos del silencio,
en encendidas primaveras
donde busco un verso como estancia,
un verso sin azogues ni ceniza
un espacio del encuentro,
el milagro de un instante,
tu perfil entre las sombras,
la desnudez de tu nombre
en mi voz de asombro.


En la demora de tu llegada
agrando los silencios,
avivo los sentidos
que por tu vuelo silencioso
puedes pasar de largo
viajera en el rumor del viento,
en la cresta bulliciosa de las olas.


En ti me dormiré,
envuelto en tu deseo,
con manto de palabras,
hasta que mi alma se despierte
en una nueva aurora
con otros nuevos gallos,
cantores de nostalgia,
haciéndome más hondas las heridas.


Celestino Llamazares Redondo




EL LLANTO DE LA LUZ


Por sus aguas corrientes los cristales más turbios
te han conducido, amor, hasta el Atlántico.
Ni emergiéndote pude rescatarte,
ni pude detener tanto caudal
a brazadas exhaustas,
ni abrazado a tu muerte, pelo a pelo,
pude alcanzar a las estrellas blancas.


Si saltando hacia ti tras las luciérnagas
acuáticas, rotundas,
fuera a vivir contigo
la hermosa latitud que ocupas descompuesto,
la encarnada bondad con que lo invades todo,
si sintiera tu pálpito y no el mío,
me habría ido a tu lado
a acariciarte siempre.


Pero es un gesto inútil:
viviendo te recuerdo y te revivo,
y te maldigo ausente y me resigno,
porque es un gesto injusto
el tajo de tu vida.


Ya no hueles geranios en verano
ni iluminados pétalos.
Nada tocas, no ves ni oyes las olas,
no acaricias dos pechos en tus manos,
ya no sabes a qué sabe cada beso
que ya no vas a dar.


La simétrica hoja de la acacia,
el discurrir del río, las montañas,
las espirales conchas,
los cúmulos del cielo, los muslos, los azahares,
la escarcha y los olivos,
la suavidad del tacto de la luna
o de la roca el roce, son injustos
si tú no los ves ya, si no los tocas,
si claramente te has desocupado.


La carne de tus dientes
no puede ya besarme y no me oye,
porque la ropa tuya y tus pestañas
o el silencio del mármol huelen grises.


Los duermevelas y los abedules
no tendrán nunca el mérito
de tu hazaña mortal.
¡Qué oscuras son las rosas amarillas!


Y yo aquí, dentro del miedo
de no escuchar contigo
cómo tiemblan las olas cada día
en la costa del cielo.


Por sus aguas corrientes los cristales más turbios
te han conducido, hijo, hasta la muerte.
Ola a ola. Y tajamareando
puente a puente
los paisajes del río y sus riberas,
no podrás ser, amor, sino mi muerto,
sino mi ocaso y noche,
sino mi ausencia
y boca a boca desbocada de la luz.


Porque es verdad que alumbras
fundido en las estrellas,
en las corrientes aguas, puras...


Pedro Tenorio Matanzos



EN LAS RAÍCES DE LA NOCHE

Subo por los peldaños de mi vida
como una enredadera que busca su soporte
en el tronco del recuerdo.
Y rebaso
la punta de las hojas que respiran
en la copa nevada del almendro.
De puntillas me filtro por la savia del ocaso
como una bailarina de los néctares
y un sabor a bosque me extasía la mirada.

Te atesoro
y parpadea el cosmos con guiños traviesos
en esta noche maquillada de cometas
que entorna una sonrisa en busca de blancura
y encuentra en mi boca la luna pintada.

Te dibujo
dormitando con los pies hundidos
en las raíces del aire que me absorbe
y un leve movimiento, de pájaro libando,
levita entre las hojas de todas las estrellas.
Se balancea con el viento un polen
como un columpio empujado por los años
que desgrana en mi corazón de amapola
un campo mullido de cálidas estrofas.
Y soy rama y raíz y hoja y árbol.

Te sueño
y se pierde una música en la garganta del aire,
en la brisa cantarina que muerde tu labio.
Atrapo tu fuerza y eres árbol frondoso.
Muere una planta acuática en su charca de acero
y renace de mi piel un jardín de almendros.
Y mientras
se deshoja una flor y queda desnuda la noche.
con segmentos de polen dormidos en tu almohada.

Y sonríes
convertido en la nube de un cielo poeta
que cubre en mi persona su aguacero versado
como un océano del tiempo,
y se agasaja el bosque con letras flotantes
y un saludo de ramajes late entre las manos.
La flor del almendro nos abraza
y se forma una unión de complicidades
cuando a lo lejos un poema nos cede sus alas.

Rosario Alonso García

























CON NOMBRE PROPIO. Presentación del libro “NUEVE MELODÍAS PARA UN SUEÑO OLVIDADO”



Onírico es una palabra que siempre me ha gustado. Es eufónica, redonda, con sonoridad y, más importante, trae a la imaginación todo tipo de posibilidades. Así es, pues en los sueños caben todas las posibilidades. Los sueños son ambivalentes como objeto de reflexión. Por una parte consisten por si mismos en cosas irreales, imposibles. Por otra parte son, en muchísimas ocasiones, el motor de la realidad.



Si les hablo ahora de los sueños es porque Mª José, la autora del libro que estamos presentando, confiesa que sus narraciones son sueños (al menos en parte). De ahí la pregunta ¿No es todo sueño en parte? Espero no dormirles con estas elucubraciones por otra (¿Otra más?) parte.

A veces se describe a la realidad y los sueños como mundos fronterizos. Mundos separados por una frontera difusa. Una infinita gama de grises. Me permito abusar de su paciencia leyéndoles las primeras líneas de un relato que nunca termine, habla de fronteras.
 “Teníamos una casa en los bordes del mundo. El universo enorme se extendía tras aquellas praderas. A veces llegaban forasteros que venían de más allá. Llegaban sobre extrañas monturas trayendo mercancías más extrañas aun. Y cantaban canciones que sonaban distintas, ritmos diferentes a cuanto yo conociera. Palmeándose los muslos y silbando entre dientes cantaban con palabras de lenguas que nadie oyó jamás.


Venían de uno en uno, a veces dos o tres, montando en animales de distintos aspectos: algunos como tigres y otros como aves, algunos como lagartos y otros como ratas.



Traían en las alforjas mercancías preciosas: la piel del pluma blanca, el cuerno del demonio de las nieves, los dientes retorcidos de los lobos acuáticos y los aromas dulces de aceite de sirena.”


Como metáfora del país de los sueños no esta mal. Vivimos en las fronteras de ambos mundos: la realidad (si es que existe) y los sueños (que parecen reducirse al pequeño universo interno de nuestra mente). Estos mundos se influyen mutuamente en múltiples y, a veces, inquietantes, maneras.



La esperanza, el sueño del hombre despierto, es el motor de nuestras vidas. Ese motor se alimenta de sueños. La realidad y los sueños no son tan distintos como podría creerse. Nadie es nada sin sueños y solo con sueños no se es nada. No se consigue nada que no se haya soñado antes. Pero cualquier sueño es posible y cualquier posibilidad es imposible si no puede ser soñada.



Los mensajeros del país de más allá de la frontera de la consciencia son extraños, maravillosos y, a veces, terroríficos ¿Tendríamos miedos y esperanzas sin sueños?



Si, por otra parte, nos adherimos a la evidencia empírica esa interpretación del cambiante e incomprensible Universo que constituyen los sueños ayuda a vivir. Algo tan relativamente poco poético como la pervivencia de las especies o la supremacía de unas sobre otras puede ser achacado a los sueños. Arsuaga asegura que la prevalencia del Cromañon sobre el Neandertal se debió a la existencia entre estos últimos de un sistema de creencias transcendentes sobre las que apoyarse.



“Es posible que los neandertales no tuvieran el mismo tipo de mente, y que no utilizaran los símbolos para expresar emociones en la misma medida que nosotros lo hacemos. Por eso tal vez no desarrollaron el arte, aunque no se puede descartar que lo hicieran en soportes que no se conservan, como su propia piel. Pienso que los neandertales enterraban a sus muertos, pero dudo que formaran grupos étnicos. Imagino sus grupos más basados en la biología y en el parentesco que en las creencias compartidas y en los mitos comunes. Nuestra capacidad de transcender lo biológico a la hora de asociarnos es insólita en el mundo animal, y podría ser una peculiaridad exclusivamente “cromañona”. Que el cemento de unión entre individuos pertenezca al terreno de lo irreal, de lo imaginario, es, si se mira bien, delirante. ¿Pero qué son los grupos étnicos sino delirios, a veces buenos y en ocasiones malos, basados en el mundo mágico de lo que no puede experimentarse, de lo que es completamente inmaterial? Y así se da el caso de que nos unen más los mitos que los genes.”



(http://www.atapuerca.tv/cuaderno/index.php?cuaderno=15,



Consultado el 27-11-09)
La enteogénesis, el deliro buscado, como forma forzada del soñar, esta tan relacionada con el mundo invisible, como con el origen de todas las religiones. Especialmente de las antiguas religiones naturales.


En cualquier caso lo cierto es que el país del sueño se extiende desde vuestra almohada hasta los últimos confines del Universo. El país de los sueños se extiende hasta el más lejano y dorado de los horizontes, hasta el horizonte del futuro, hasta el horizonte de lo imposible. Es de ese territorio lejano y, a la vez, cercano del que nos hablan los relatos del libro. Espero que disfruten de estos relatos y, también, de sus propios sueños.

                                                                 Mª Luisa Paramio Bacho.




CON NOMBRE PROPIO

Mención de honor I Certamen de Narrativa “Maestro Gerardo Muñoz y Muñoz”



LA FISURA

Julia Gallo Sanz

-Piel de delirio-


(Carta de Enrique a Luisa)

Watertown 22.03.08
       Luisa, estoy solo:

      ¡Qué vértigo! En medio de nuestro matrimonio se está abriendo una fisura. Es como si un socavón en mitad de la casa nos dividiera. Y aquí, en el lado opuesto al tuyo, me encuentro con parte de las raíces descobijadas. Mi yo aturdido mira los objetos que configuraron nuestro ecosistema de pareja, ¡y tiemblo, Luisa...!
     Estoy solo. Solo con el perro que encontramos en un contenedor de basura, y adoptamos. Solo con nuestra colección de música country; con los grabados que nos pintó tu madre; con el cielo que nos albergó tantas noches de verano, ¿lo recuerdas, Luisa?: tú y yo jugando a reproducir en los respectivos rincones de la piel la ebúrnea cara de la luna mientras el firmamento, cómplice, parecía espesar su textura de seda alquitranada. Aquí estoy con tu evocador camisón de adolescente entre los dedos, el que me arrojaste a la cara, con tino tentador, cuando te visité la primavera de tu pierna rota -prenda que guardo sin que lo sepas-. Aquí me tienes a este lado, hecho un trapo, desmadejado sobre la cama con el alarmante sonido de tu sueño clavado en la memoria, ese retumbo que se te escapa por el tabique nasal levemente desviado. Aquí estoy con tu vivo aroma a recién despierta y tu tacto de alborada. Aquí, añorando ese tic de estirarte las mangas huidizas. Aquí, concentrado en repasar tu mímica repleta de etimología cuando describes lo que te maravilla, asombra o repele.
      Estoy llorando, Luisa, devanando la maraña que tengo en cada sien.
      A golpe de claqueta te visualizo, te repito, te añoro..., el pensamiento es una quimera. Aquí estoy recapacitando sobre tu congénita tristeza, tu ansia de ternura que no sé cubrir. Aquí me tienes intentando comprender tu genio endemoniado, que tanto me irrita. Estoy sintiendo tu dulzura grandiosa, tu risa de escándalo, tu capacidad de solidarizarte con los desfavorecidos. Aquí, memorando los registros de tu generoso corazón; examinando tu vicio de enjuiciarlo todo, de desmenuzarlo todo hasta descomponerlo. Aquí me encuentro rememorando todas nuestras secuencias de amor, Luisa...¡Ah!, Luisa..., aquí me encuentro (¿o me pierdo?) con la memoria enardecida...Aquí, imaginando el poder de tu boca, la gavilla de tu coleta enredada en mi...Luisa, Luisa, Luisa...
      Y me hallo descarriado. Extraviado y torpe por mi falta de iniciativa para la diversión; avergonzado de mi criterio cuadriculado, mi cabeza berroqueña, mi incomprensión, mis celos infundados, mi envidia de tu personalidad... Estoy solo, Luisa. Solo y con una zanja, cada vez mayor, que nos separa.
      ¡Sálvame, Luisa! Lánzame algo a lo que agarrarme. Sácame de este lado de la resquebrajadura donde estoy lleno de tu ser, donde estoy contigo, pero sin ti.
      ¿Qué podemos hacer para que esta falla no resulte insondable?
      Te amo desde este desconcierto, Luisa, desde la orilla de este río de lágrimas que brota de la fisura y te arrastra, Luisa, te arrastra, te arrastra..., te aleja de mi...

      Enrique


(Carta de Luisa respondiendo a Enrique)
 
Watertown 23.03.08
Enrique, ¿cómo te atreves?

   Yo alucino. Tú estás solo, dices. ¿Y cómo crees que me siento yo? Yo estoy igual de sola aquí, al otro lado de la grieta. Vamos, no te hagas la víctima. Y lo inaudito, lo que me descoloca, es que por más que analizo no hallo la razón y el cómo hemos llegado a establecer tamaña fosa entre ambos. Eso por un lado, por el otro me deja boquiabierta esta diarrea de parrafadas... tú, que no dices tres palabras juntas. Ya era hora de que me hablaras como lo estás haciendo ahora. Yo también siento vértigo ante esta depresión pétrea. ¿Te crees que no tiemblo al ver cómo se nos va el amor como por un desagüe de cloaca? ¿Te crees que no me reconcomo viendo cómo esa agua intenta hundir nuestra piel a tiras mientras la pasión, en brote, estira la cabeza como un náufrago?
   Aclárate, Enrique, no me fastidies. Aunque más tonta, según piensas, yo también analizo, y analizo tu falta de comunicación, tu carácter irascible, tu intransigencia.
   Y como conozco tu valía y tu minusvalía en cuanto a sentimientos, no me quiero quedar con ese lamentable resultado geológico. Échale agallas por una vez en tu vida. Te insto a salvar –qué digo- te desafío a re-enjaretar nuestra historia. ¿Por qué no lanzamos sobre la hendidura el cabecero de la cama, hacemos un puente, lo cruzamos y empezamos de nuevo? ¡Háblame! ¡Dime lo que sientes, lo que piensas...! ¡Dímelo a la cara como lo haces ahora por escrito; que te vas a llevar todas las palabras al camposanto y allí, bajo esa venerable tierra, la semilla muerta no fructifica! Háblame de todo y de nada, deja de ser un desconocido, paremos este desencuentro.    Porque no es sólo esta fisura lo que nos resquebraja y distancia es, también, un cúmulo de negatividad, de rencor, de decepción, de heridas que no dejan de supurar, de reproches en pie de guerra.
   Por Dios, Enrique, no te pido que cambies a estas alturas, pero deja de ser sordo y ciego.
   Todo me sirve, cabréate, despotrica, grita, pero no te quedes en silencio.
   Imaginarte duele, soñarte duele, quererte duele, Enrique..., pero desearte como te deseo es lo que más me duele.
   ¡Me hablas de fisuras..., a mi!
   Yo te puedo hablar de mis sentimientos, ¡los míos!, los que se pudren en su propio columbario.
   ¡Ámame!
   Acércate hasta el puente y saltemos juntos.

Luisa

(A modo de EPÍLOGO, lo que sólo sabemos el lector y yo...)

Watertown 23.03.08



Enrique, ¿cómo te atreves?

Yo alucino. Tú estás solo, dices. ¿Y cómo crees que me siento yo? Yo estoy igual de sola aquí, al otro lado de la grieta. Vamos, no te hagas la víctima. Y lo inaudito, lo que me descoloca, es que por más que analizo no hallo la razón y el cómo hemos llegado a establecer tamaña fosa entre ambos. Eso por un lado, por el otro me deja boquiabierta esta diarrea de parrafadas... tú, que no dices tres palabras juntas. Ya era hora de que me hablaras como lo estás haciendo ahora. Yo también siento vértigo ante esta depresión pétrea. ¿Te crees que no tiemblo al ver cómo se nos va el amor como por un desagüe de cloaca? ¿Te crees que no me reconcomo viendo cómo esa agua intenta hundir nuestra piel a tiras mientras la pasión, en brote, estira la cabeza como un náufrago?...

La enfermera leyó la carta que le entregó el cuidador de planta, luego la dobló, la introdujo en el sobre, puso el sello reciclado, pasó la lengua por el perfil engomado, pegó la pestaña y le dijo:

-Esta vez te has superado, Loan. Voy a llevarle la contestación “a vuelta de correo”, que ya sabes cómo las gasta el de la 124, muy manso, muy manso, pero en lo concerniente a su delirio o le seguimos la fantasía o le tenemos que triplicar la dosis. Por cierto, me gusta tu trenza de potrillo.

-Gracias –respondió el joven celador, enrojeciendo un poco.

. . .

A Loan le resulta fácil asumir el papel “Luisa” y responder las misivas del paciente de la 124, sólo tiene que cerrar los ojos, recrear la hermosa imagen del enfermo en la penumbra de los párpados y escribir. Otra cosa es vivir con los dientes apretados mordiendo su propia desdicha: amar a un demente.
Mientras espera la siguiente carta de Enrique, íntimamente comienza a meterse dentro de la piel y el alma de la mujer que hace delirar al loco.
Una lágrima furtiva pugna por escapar, pero Loan la retiene en el manicomio privado de su interior.