PATÉTICA HISTORIA I

Este es el último relato conjunto de los TAF, que como "culebrón de otoño"  publicaremos en dos entregas, siendo esta la primera, pero no os preocupéis que la segunda parte podréis leerla en los próximos días.


 
LA PATÉTICA HISTORIA DE LEOPOLDO CONTRERAS, VS, ARTURO

I
Sobre el sillón de plástico agrietado, se amontonaban los medicamentos. Cajas de todos los tamaños y colores. Tabletas, píldoras comprimidos y cápsulas sueltas proliferaban entre ellas.
El sofá era territorio de libros y revistas desordenadamente apiladas. El sol apenas podía penetrar a través del balcón cerrado con cristales opacos de mugre. El resto del piso estaba  igualmente desordenado y sucio: camas sin hacer, cocina abarrotada de cacharros grasientos y, en el cuarto de baño, los sanitarios habían dejado de ser blancos hacía mucho tiempo.
Arturo fumaba un cigarrillo de picadura, sentado en el suelo. Con la espalda apoyada en la pared de su dormitorio, tenía la mirada en el gastado marco de madera que enmarcaba la fotografía de Adela. Le gustaba recordarla a través de ese retrato, que la mostraba con sus veintiún recién cumplidos, dos días después de la boda y en pleno viaje de novios. En esa foto podía apreciar el amor y la felicidad que reflejaban aún sus profundos ojos negros. Desde entonces, habían transcurrido doce años y desde que Adela le abandonó, dos.

II

Arturo, cincuenta años, desgarbado, tez cetrina y aspecto de profesor de filosofía, apagó el cigarrillo y se levantó de repente. Se acercó cautelosamente a la foto y la miró fijamente durante algunos minutos. Su cuerpo comenzó a tambalearse. Sus ojos se tornaron acuosos y el pelo, largo con greñas, se erizó un  instante.
-¡Adela, Adela! ¿Por qué me has abandonado y me has dejado solo en la vida, sin padres, ni hermanos, ni hijos...?
El grito desgarrado del pobre Arturo hizo que un trozo de escayola del viejo techo del salón deslavazado cayera en picado sobre su cabeza, causándole un terrible y repentino dolor punzante. El hombre, como si de un zombi se tratara, cayó desmayado al suelo con una punta de la escayola clavada, como una peineta.
Dos ratas peludas y saltarinas salieron corriendo del cuarto de baño y se posaron sobre la barriga del pobre gañán solitario, dispuestas a darse un festín, como si la Providencia les hubiese avisado de algo que esperaban que sucediese desde hacía tiempo pues, en esa casa, no había ni un maldito pedazo de queso podrido que llevarse al colmillo.
Arturo pronto volvió en sí, abriendo un ojo.
Su pupila se topó de frente con la de una de las ratonas, que le miraba irónica.

III

Miguel, con brusquedad cogió el mando y apagó el televisor, estaba harto de tanta sordidez, suciedad y abandono. Bastante tenía él con su perra vida como para interesarse por la mísera existencia ajena y menos pensar en esas ratas de cloaca que corrían por la pantalla.


 Miró a su alrededor y reconoció que su tugurio no era muy distinto al de la peli, claro que él no era Arturo y no tenía a ninguna Adela, ¡y ni falta que le hacía! Pero si quería olvidarse de su situación no era justamente viendo a un desgraciado como él que la pasaba tan mal que casi los hermanaba.
Él lo que quería era divertirse, vivir, salir y disfrutar de su cuerpo serrano... y no como ese sentimental que llamaba a gritos a la Adela que lo había abandonado.
Pero ¿dónde? ¿Con qué? ¿Con quién? ¡Qué preguntas!
Sólo pedía un lugar para sentir que vivía y no obsesionarse por la amenaza latente del paro ni languidecer en plena soledad. Estudia, estudia, le había dicho su mamá. ¡Ja! para estudiar había que tener cabeza, había que ponerse, hacerlo, y él… Bueno, él no servía para esas cosas que parecían de niñas, sentadito leyendo o escribiendo. No, eso no era lo suyo. Él quería gritar, quería jugar, quería siempre ser el primero en salir corriendo del cole.
Miró a su alrededor y no encontró ningún retrato enmarcado, sólo una caja de comida para gatos con una foto muy bonita de un felino peludo. “Al menos no tengo ratas paseando por aquí ya que el gato me las espanta.”
De un manotazo apartó a unas cucarachas que terminaban con el trozo de pizza que estaba sobre el periódico que había traído del metro, de paso lo tomó y se puso a repasar las noticias. En la sesión de espectáculos leyó que la peli que había estado mirando recién, se había basado en un hecho real... “¡Qué fuerte!”

IV

Algo recuperado del impacto del trozo de escayola, Arturo, vagó a tortabillones (tambaleándose) por el muladar a que se asemejaba su apartamento.
“Es necesario que entre aire fresco” se dijo, al mismo tiempo que apartaba unas cajas semi abiertas atestadas de libros junto a otros objetos, hasta dejar el paso franco hacia la ventana de vidrios opacos. El cierre se resistió de primeras. Tras varios intentos, la roñosa bisagra cedió, no sin quejarse, chirriando lo suyo. Incluso sin ésta, la ventana quedaba pegada a los marcos del vano. “Cuánto tiempo hará que no se ha abierto esta ventana” pensó al apoyar los pies con firmeza sobre el pavimento plagado de suciedad. Al fin la hoja izquierda cedió y también la derecha con lo que ésta quedó abierta de par en par.  Al punto entraron bocanadas del aire reconfortante que circulaba por aquella calle una tarde de abril sin sol. Arturo se sintió aliviado y como su estatura era considerable, no tuvo obstáculos para apoyar sus antebrazos en el alfeizar. La sórdida calle no era apenas transitada en ese instante. Una enorme valla se alzaba al otro lado. Sin embargo, tras ésta, crecía la raquítica yedra de un patio abandonado. La copa cimera de un álamo blanco se asomaba por el vallado, cabeceando. Después, un descomunal caserón ocupaba el horizonte. El aire - abrisado en principio- poco a poco se fue transformando en viento atrevido, el cual, con su osadía, no sólo revolvió los cabellos descuidados de Arturo sino que levantó, de una de aquellas cajas amontonadas, hojas escritas de diferentes tamaños. Éstas revolotearon por el cuarto con aleteo de pájaros. Unas de las hojas en cuartilla, fue a  posarse sobre el hombro izquierdo de Arturo. Cogió el papel. Al ojearlo, advirtió que estaba escrito a mano. Parecía una esquela, un borrador precipitado más bien, firmada por Adela. Sus ojos se detuvieron, no en el encabezamiento, en donde figuraba el nombre de a quién iba dirigido el mensaje, sino en la rúbrica, la cual se le antojó con demasiadas curvas y florilegios. 

V

Si, reconocía en los trazos de la firma la personalidad de Adela; el pié barrigudo que denotaba esa necesidad de atesorar que siempre la persiguió. Nunca era suficiente el ahorro, recortaba cupones, iba a todas las ofertas, le martirizaba con dietas baratas, con camisas de cuadros pasadas de moda… La quería, pero era una roñosa. También se insinuaba  agresividad en la “y”, un palote rígido, militar; así era, como un sargento, siempre había que hacer lo que ella decidía, y aunque una honda coqueta envolvía su nombre él bien sabía que eso significaba ocultación. Sí, no le gustaba contar sus cosas, todo era misterioso. Él le decía que ser tan cerrado no le hace bien a nadie, que hay que relacionarse, pero ella insistía en que la gente es mala y se mete en lo que no le importa. Finalmente se detuvo en el punto de la “i”, tan redondo, parecía una peca, siempre lo vio como algo creativo, simpático pero remirándolo se le hacía aniñado, de colegiala. 

   Continuará...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Un escenario muy cutre habéis elegido para este relato, aunque estoy deseando saber como termina.

Nines dijo...

Siempre nos dejais con la miel en los labios, estoy deseando saber como termina la historia.